La tragedia ocurría de forma repentina la tarde del día 27 de febrero al producirse la muerte inesperada del comandante del Ejército del Aire Eduardo Fermín Garvalena Crespo, instructor en la Academia General del Aire (AGA) y piloto de la Patrulla Águila.

Con su reactor C-101 realizaba un vuelo de instrucción junto a sus compañeros de patrulla cuando sorpresivamente el caza empezó a escupir humo en vuelo frente a La Manga del Mar Menor (Murcia). Tras dejar una gran nube de humo gris en el cielo, el reactor capotó y se precipitó al agua.

Como en accidentes anteriores, eran los vecinos de la zona y testigos del hecho los que daban la voz de alarma, colapsando sus llamadas la línea del 112 y los teléfonos de la Guardia Civil.

Una lista trágica

Esta tragedia se suma a los accidentes que costaron la vida al comandante Francisco Marín, cuando realizaba maniobras de entrenamiento análogas en su C-101 el pasado agosto, y al comandante Daniel Melero y a la cadete alumno Rosa Almirón, cuando su avión de hélice T-35 se estrelló en el Mar Menor durante la práctica de una maniobra de aterrizaje en septiembre.

La muerte del comandante Garvalena se suma a esta trágica lista y supone el tercer accidente mortal que sufren aviones destinados a la AGA en solo seis meses, lo que hace plantearse serias dudas sobre la idoneidad del material de vuelo asignado a la Academia General del Aire y su seguridad para seguir siendo empleado en misiones aéreas.

Expediente ejemplar del piloto

El currículum del comandante Garvalena puede definirse como brillante. Con hasta 2.300 horas de vuelo, fue piloto de cazas F-1 y Eurofighter, que manejó en el Ala-14; participó en la misión BAP de la OTAN en los Países Bálticos y en la Misión Atalanta contra la piratería; era instructor de vuelo en la AGA, miembro 5 de la Patrulla Águila y "solo" de la misma -pilotos cuyos aviones se separan del resto de la patrulla para realizar maniobras en solitario-.

Un historial que lo acredita como un piloto de élite y que parece descartar alguna clase de fallo humano en este siniestro. Según los testigos, fue el avión del comandante el que empezó a expeler humo antes de precipitarse al mar, lo que supone un evidente fallo mecánico aunque de naturaleza aún no determinada.

Localización de restos del avión

En el momento de escribirse esta crónica, continuaba la búsqueda de los restos de la aeronave accidentada, participando en el dispositivo de la Armada los cazaminas Tajo y Tambre, el buque de rescate de buceadores Neptuno y el patrullero Infanta Cristina.

Junto a ellos, unidades del Servicio Marítimo de la Guardia Civil y buques de Salvamento Marítimo.

A primera hora de la tarde del día 28, la búsqueda daba sus frutos al encontrarse parte del fuselaje, la cabina de vuelo y los restos mortales del comandante Garvalena a ocho metros de profundidad. Al estar estos dentro de la cabina y sujetos al asiento, es evidente que el aviador no logró eyectarse.

Para que la investigación disponga del mayor número de pruebas posibles, la recuperación de restos continuará los próximos días, al objeto de recuperar la mayor cantidad de partes del avión y que los investigadores puedan formarse un cuadro lo más cercano a la realidad posible reconstruyendo la aeronave pieza a pieza.

Incógnitas sobre las aeronaves

Aunque la investigación del accidente está en sus albores y es un juzgado militar especializado el que deberá emitir su dictamen, todo hace pensar que un fallo mecánico ha sido la causa del siniestro. Y más si recordamos que los testigos presenciales del incidente han declarado ver al avión echar humo antes de precipitarse al mar. De hecho, una filmación realizada con teléfono móvil que se ha hecho pública en redes muestra una larga estela de humo y una gran voluta de color gris claro.

Visiblemente afectada por la perdida -este es el tercer accidente aéreo mortal que ha tenido que abordar en solo seis meses-, la ministra de Defensa, Margarita Robles, pedía prudentemente a los medios de comunicación no caer en especulaciones y dejar a los investigadores realizar su trabajo.

Desde luego esta sería la actitud más prudente para evitar bulos, fake news, rumores y especulaciones perturbadoras. Y siendo esta la medida correcta, es imposible sustraerse al hecho de que el material que se emplea en la AGA ya bordea la obsolescencia.

Antigüedad del material de vuelo

Los mismos C-101 ya han alcanzado 40 años de uso y su remplazo por los nuevos aviones turbohélices PC-21 se prevé inminente, pues empezaría en 2021. Los T-35 "Tamiz" también son anticuados y su sustitución está prevista para 2025 por un modelo aún por determinar.

Y mientras tanto, la formación de un piloto de combate pasa por unos niveles de exigencia irreemplazables si se quiere tener una fuerza aérea digna de tal nombre.

Una instrucción donde alumnos e instructores deben llevar al límite unas máquinas sobre las que el tiempo no ha pasado en balde y que ya empiezan a mostrar achaques.

Toda la investigación está en el aire y habrá que respetar sus conclusiones para no caer en el bulo y el sensacionalismo. Pero tanto en medios de prensa especializada como entre profesionales de la milicia, la sospecha de que la Academia General del Aire está trabajando con un material demasiado avejentado que cuestiona la seguridad de sus miembros está pesando gravemente en el ambiente.

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