Justo se había cumplido un año y un día y tras un homenaje público que el presidente argentino, Mauricio Macri, realizaba en la Base de Mar del Plata, sede de la flotilla argentina de submarinos, se conocía la noticia. La empresa de rescates americana Ocean Infinity con su buque Seabeed Constructor localizaba los restos del submarino San Juan hundido el 15 de noviembre de 2017. La nave se halló a 15 millas del punto de explosión; sito en una llanura submarina a 907 metros de profundidad.

La detección del submarino

El proceso se inició tras sonar el eco de un objeto anómalo posado en el fondo a 900 metros de profundidad en una barrida por la zona de incertidumbre en la que desapareció el submarino. Una posterior revisión del punto concreto usando los robots submarinos ROV certificaba el hallazgo al mostrar en las imágenes elementos obvios del submarino como las hélices, la vela del submarino y el casco.

La localización del buque no fue recibida con alborozo ni vítores en la sala de control del Seabeed si no en un ambiente de pesadumbre y silencio habida cuenta de lo reciente de la tragedia. A las 5:04 horas del 17 noviembre la Armada Argentina certificaba por comunicado oficial que el ARA San Juan había sido localizado.

La recuperación del buque implica una gran complejidad

La primera impresión para familiares de los 44 desaparecidos fue de alivio al descubrirse los restos de la nave siniestrada, pero esta primera sensación se volvió en rabia e impotencia tras las declaraciones del ministro de defensa Argentino, Oscar Aguado, en las que aseguraba la imposibilidad de recuperar el submarino: "Yo diría que no.

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Que no tenemos medios. No teníamos ni los medios para bajar al mar. Tampoco tenemos ROV para bajar a esas profundidades. Ni tenemos equipamiento para extraer un buque de estas características".

No es imposible dada la tecnología y capacidades actuales, pero su planificación, financiación y ejecución se dilatará en el tiempo. Se ha necesitado un año solo en localizar el buque tras declararse el siniestro.

Se han de reflotar los restos de un buque de 2.140 toneladas hundido a 907 metros de profundidad, partido en tres grandes trozos y a una presión atmosférica brutal. Cualquier nación por poderosa que sea, incluido los EEUU, debería reclutar medios y especialistas para una tarea de este nivel a lo ancho del globo.

El mal estado de los restos podría deberse a una implosión

El proceso se encuentra bajo secreto del sumario pero se conoce que son tres las partes principales en que ha quedado partido el submarino, el conjunto de hélices a popa, la vela y el casco donde se confía que se hallen los restos mortales de la tripulación, además de docenas de piezas esparcidas por un área de 60 metros de largo.

Ese grado de destrozo se debe a una implosión por el exceso de presión, aunque todo parece indicar que la primera avería que sufrió el San Juan afectó a sus baterías, provoco un incendio y le forzó a poner rumbo a puerto.

Un segundo incendio desequilibró el submarino en inmersión y le hizo descender sin control provocándole una implosión por el exceso de presión atmosférica cuando el buque rebaso sin control los 200 metros de profundidad.

Esa implosión sería la anomalía acústica detectada por los sismógrafos que desató las alarmas sobre el hundimiento.

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