La sexualidad es una dimensión esencial de la vida humana, que no puede ser obviada o ignorada sino por el contrario atendida y educada para contribuir a un completo desarrollo del ser. Las personas con discapacidad, o, mejor dicho, las personas que tienen alguna deficiencia, ya sea discapacidad intelectual, motriz, sensorial o psíquica, tienen, por su pertenencia a la especie humana, el derecho a tener la vida sexual que deseen y les sea posible.

Prejuicios y tabúes

En los siglos XVIII y XIX se tendía a tratar a las personas con alguna deficiencia como a ángeles condenados eternamente a su condición infantil y de necesidad de protección.

Esta visión todavía pervive en la actualidad. Los niños que nunca crecen no tienen sexo, se les relega a su condición asexuada, como los ángeles, que no tienen necesidades sexuales. Es un tema del que no se habla y queda excluido de la vida de las personas con discapacidad.

En el extremo opuesto, referido preferentemente a los casos de un grado mayor de deficiencia, se les considera como hiper-sexuados o con una sexualidad incontrolada, ligado al tópico de la agresividad, atribuyéndoles de alguna manera un sexo no humano relacionado con un aspecto puramente animal.

Todos estos prejuicios giran en torno a un pensamiento centrado en los “problemas” y que busca mecanismos sublimadores y compensatorios, con un discurso que prefiere hablar de afectividad en lugar de sexualidad y trasladándolo a una práctica pedagógica orientada en tal sentido.

Posiblemente la angustia de cuidadores, progenitores y educadores respecto a los tabúes sexuales se deja sentir con mayor intensidad trasladándola a las personas con deficiencias. La represión en general que la sociedad ha ejercido y ejerce sobre el sexo y las conductas adecuadas se visualiza con mayor intensidad y alarma, adoptando una posición de falsa moral que, ante todo, pretende evitar prácticas como la masturbación, la homosexualidad, el exhibicionismo, el voyeurismo, embarazos no deseados, etc.

También encontramos la actitud opuesta de este puritanismo que consiste en eludir la responsabilidad educativa, hacer la vista gorda ante los comportamientos sexuales.

Cambiar la mirada

Ante esta situación se hace patente la necesidad de normalizar en lugar de excepcionalizar y fomentar una práctica normal y educativa de la sexualidad. Hay que dejar atrás la mirada social imputadora de lo que se considera normal y lo que se considera anormal que determina el nosotros y el ellos, quien se queda dentro y quien se queda fuera. Lo que sí queda fuera de esta mirada es una sociedad inclusiva y diversa.

Las personas con discapacidad tienen derecho a expresar su sexualidad, a tener pareja y a formar una familia y tener hijos. El hecho de tener una deficiencia no implica una deficiencia sexual ni la imposibilidad de vivir una sexualidad satisfactoria.

La sexualidad no se reduce al plano genital ni al coito. El ámbito del erotismo es una concepción mucho más amplia que incluye la experiencia del propio cuerpo, la sensación de sentir placer, y todo ello conecta con realidades tan humanas como el deseo y la felicidad.

La represión y cultivo de la sexualidad significan una represión del desarrollo corporal, psíquico y vital, porque llevan a un bloqueo de la maduración como persona. No estamos hablando de un asunto marginal sino de un eje vertebrador de la existencia.

Las personas con discapacidad no tienen particularidades especiales más que, en todo caso, las derivadas de la autoprotección y el apego que les genera respecto a sus progenitores, cuidadores o educadores, lo que les genera déficits adaptativos y una sensación de inseguridad por el hecho de “depender” de otros.

Esto ocurre con mayor intensidad cuando se encuentran en una institución especializada donde su intimidad se ve especialmente comprometida, por carecer de la autonomía necesaria para decidir por sí mismos. En lugar de autonomía, dependen de un lugar de control externo, con lo que sus experiencias de éxito o sus logros vienen determinados por las expectativas creadas por ese control al que se ven sometidos.

Cuando una persona con discapacidad está recluida o vive la mayor parte del tiempo en un centro especializado queda privada de poder relacionarse con otras personas que no tengan discapacidad. Esta circunstancia les obstaculiza el poder evolucionar socialmente desde la igualdad en la diversidad, por el impedimento añadido de iniciar relaciones afectivas y sexuales nuevas. Tendrán mayores dificultades para conocer a otras personas, para relacionarse y hacer amigos, y esto afectará al desarrollo de su sexualidad que se verá constreñida por las obvias limitaciones que eso implica.

Sufren una discriminación difícil de superar pues se ve igualmente limitada su capacidad de decisión sobre su entorno y sobre cómo quieren vivir su sexualidad. Sus posibilidades se reducen en lugar de verse potenciadas: su necesidad de amar y ser amados, sus deseos, su orientación sexual, su proyecto de vida si quieren formar una familia. Las conductas observadas en muchos casos en instituciones segregadas pueden catalogarse como típicas, no tanto de la deficiencia, sino de la colocación en condiciones artificiales de vida y convivencia.

Antropología de lo mejor y preferible

Es una perspectiva ética y moral que pone su énfasis en el desarrollo personal y se aleja de los prejuicios y prácticas discriminatorias. Por lo tanto, es merecedor de impulso, en todos los ámbitos pero especialmente en el educativo, aquello que contribuya a una vida humana más completa

Es preferible tener experiencia y desarrollar actividad sexual que abstenerse de tenerla, porque, como ya se ha mencionado, la sexualidad es una dimensión esencial de la existencia humana.

Desde este punto de vista, y aunque eso depende de las preferencias de cada individuo, también sería preferible que la experiencia sexual fuera no efímera o precaria sino estable, ya que ello contribuiría al desarrollo afectivo de la persona, que genera satisfacción y bienestar. La sexualidad es un elemento de calidad en el desarrollo, experiencias y la vida de cualquier persona.

Derechos:

  • Educación en la familia y en los centros orientada al conocimiento de la sexualidad y de su propio cuerpo. En el caso de personas con deficiencias intelectuales, también prevención en casos de posibles abusos.
  • Derecho a la integridad física. En determinados casos se realizan esterilizaciones encubiertas con otro tipo de intervenciones.
  • Derecho a elegir sobre su propia sexualidad.
  • Derecho a que su sexualidad sea reconocida y promovida como un factor de calidad de vida y bienestar inherentes a su propia persona.
  • En definitiva: derecho a una vida sexual plena, saludable y satisfactoria.