Recorrer la autovía A-52, entre Ourense y Ribadavia, es todo un espectáculo estos días. La protagonista es una planta en plena floración. Siempre regresa para el tiempo del Carnaval y la Cuaresma. La mimosa, como aquí le llamamos, nombre científico: acacia dealbata. Una vieja conocida que ha pasado del agrado de los agricultores y jardineros a la lista negra de plantas invasoras.

Orígenes y usos cotidianos

Sus orígenes se encuentran en zonas de Australia y Tasmania, siendo noticia popular que la trajo a nuestros lares el misionero benedictino Rosendo Salvado, junto con el eucalipto. Era 1850 y, con el tiempo, se sacó provecho de su madera.

Las gentes del campo la aprovechaban para estacas, en las viñas, para hacer carbón y para delgados colgadores donde colocaban las uvas, desde la vendimia hasta el invierno. Así lo hacían, por ejemplo, en el ourensano pueblo de san Juan de Louredo, cerca de san Benito do Rabiño. Allí, hace generaciones, hubo quien consiguió un ejemplar y lo cuidó con todo mimo, hasta que creció y dio retoños.

Los jardineros aprovecharon su preciosa y redonda flor amarilla, así como su oloroso perfume característico, para adornar espacios públicos o recogidos parques. No faltó quien se hizo con ejemplares para su propia casa.

Y en obras públicas, como carreteras, se aprovechó su resistencia para fortalecer taludes y barrancos.

Abandono y traslado a la lista negra de invasoras

La mimosa acacia crece y se convierte en árbol, si encuentra buenas condiciones. Así que algunos jardines acabaron por desecharla. Además, acaparaba el agua del subsuelo y mataba las especies más cercanas a ella, acidificando el suelo y creando amplias sombras.

En los pueblos, el monte se fue abandonando y creció descontrolada. Tras los incendios forestales, resurgía con fuerza y poca competencia, creando verdaderos vacíos de flora local. A mayores, los aldeanos la habían abandonado y ya no la podaban ni cortaban, a menos que les molestase.

Esta situación de planta foránea sin competencia, expandiéndose sin problema, con fuertes raíces, dura y resistente, la fue llevando a descubrirse como lo que era: una especie invasora.

Sin embargo, cada año, en esa misma sección de autovía, por no ir a otro lado, vemos que su población crece desaforadamente.

El problema, primero, es que no figura aún como peligrosa en las legislaciones locales y, segundo, acabar con ella es costoso. Se precisa personal y un trabajo repetitivo año tras año. Primero hay que talarla, luego envenenar sus raíces o extraerlas, más tarde, volver al terreno para sembrar especies nativas y evitar el rebrote de la invasora.

Actualmente, es la primera de la lista en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, consultable online.

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