La mayoría de las personas pasamos por etapas en las que, sin saber por qué, nos apetecen más unos alimentos que otros. Pero no sólo eso, sino que además pasamos períodos en los que por mucho que comamos, parece que nos cueste sentirnos saciados, aunque creamos haber comido equilibrado y bien.

¿A qué es debido? ¿Qué son los antojos? ¿Por qué sentimos hambre?

En muchas ocasiones oímos decir “el cuerpo es sabio y sabe lo que necesita” y es que en cierto modo es así. Nuestro cuerpo detecta necesidades y las transmite al cerebro para que este ordene una acción que permita cubrirlas.

Para vivir, además de respirar y dormir, necesitamos alimentarnos, es decir, repartir una serie de nutrientes concretos por el organismo, en las cantidades adecuadas y según las características de su funcionamiento y de los factores externos que intervienen en el mismo.

Los nutrientes los ingerimos desde los alimentos, sean sólidos o líquidos, y los metabolizamos desde unas vellosidades ubicadas en el intestino delgado, que promueven los procesos enzimáticos que permiten su absorción, desechando todo aquello que el cuerpo o bien no necesita, o no ha logrado aprovechar.

Cuando nuestro cuerpo detecta carencia de sales minerales o potasio, por ejemplo, el cerebro nos conduce a restablecer esa carencia buscando la ingesta de alimentos que nos la pueda cubrir. De repente sentimos que nos apetece comer plátano, por ejemplo, y nos guste o no mucho esa fruta en concreto, algo nos empuja a conseguirla e ingerirla, como si de un impulso incontrolado se tratase.

Y es que ese impulso de apetencia de ciertos alimentos en momentos concretos es lo que llamamos antojos.

Aunque este término solamos asociarlo a las mujeres embarazadas, en realidad, los antojos no son exclusivos de ellas, ya que cualquier persona puede recibir una orden de carencia de nutrientes por parte de su cerebro y requerir cubrirla. Si bien es cierto, es más común durante el proceso de gestación, pues el feto absorbe grandes cantidades de nutrientes y eso hace que el cuerpo de la mujer esté en constante alerta.

Hasta aquí, parece todo fácil de entender y lógico, sin embargo, la pregunta está en ¿cómo sabe nuestro cerebro qué alimentos van a cubrir esa carencia? Esta respuesta es mucho más compleja, porque si bien es cierto que el cerebro puede haber aprendido que la ingesta de ciertos alimentos cubren ciertas necesidades nutricionales, desde la experiencia, ¿cómo sabe qué alimentos, que nunca hemos ingerido, van a cubrirlas? Es decir, cuando de repente nos apetece algo que nunca hemos comido... Antes esta incógnita sólo cabe pensar que tal vez exista un conocimiento heredado genéticamente, parecido al que rige parte de la estructura organizativa de algunos insectos como las hormigas o las abejas.

Sin embargo, si eso es así, ¿por qué no detectamos cuando un alimento es tóxico, venenosos o nos hace daño? Desde luego, nuestra mente y nuestro cuerpo no deja de sorprendernos, por un lado parece albergar una sabiduría ancestral, con la que nacemos y que opera inconscientemente manifestándose en reacciones basadas en impulsos, y por otro lado, parece dejarnos indefensos ante un mundo que nos invita a conocer desde la experimentación, poniendo en riesgo nuestra vida.

Lo mismo ocurre con la sensación de hambre. Si bien sabemos que el hambre es una alerta que el cerebro crea ante la necesidad de ingesta de alimentos para nutrir nuestro organismo, ¿por qué tras haber comido seguimos teniendo hambre? Y es que junto a la necesidad de comer, existen otras sensaciones similares que hacen que las confundamos con el hambre.

Entre ellas la más común es la ANSIEDAD. La ansiedad es una sensación de vacío y opresión que suele ubicarse entre el esternón y la zona alta del aparato digestivo. Esta sensación de vacío y opresión, en muchas ocasiones se confunde con la sensación de hambre. Cuando tenemos dudas, una manera de probar si se trata de hambre o de ansiedad es beber agua y esperar unos diez minutos, procurando respirar de forma pausada y consciente para valorar si la sensación desaparece. Si disminuye o nos abandona, efectivamente se trata de ansiedad, sino es así, es probable que sea hambre.

¿Y si hemos comido recientemente por qué podemos seguir sintiendo hambre?

Si partimos de la base de que el hambre es una sensación de alerta del cuerpo por la necesidad detectada de cubrir nutrientes, la respuesta podemos hallarla en que no es lo mismo ingerir nutrientes que metabolizarlos. No siempre que comemos nuestro organismo lo aprovecha. El estrés, por ejemplo, puede alterar el proceso de metabolización de los alimentos, por lo que si el cuerpo no los absorbe, es como si no los hubiésemos comido.

Por lo tanto, no se trata tan sólo de comer, sino de aprovechar, de acuerdo con las necesidades de nuestro cuerpo, aquello que hemos ingerido.