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La oferta cultural de la Ciudad de México cuenta, hoy en día, con un amplio repertorio que contempla todas las manifestaciones artísticas sin excepción (danza, teatro, música, pintura, literatura,...); y si bien es cierto que la Secretaria de Cultura ha implementado nuevos proyectos para enriquecer la producción artística y fomentar el contacto entre los ciudadanos y el Arte, también debemos reconocer a todos aquellos artistas que viven su profesión fuera de los teatros, los museos o algún otro recinto exclusivo de los programas culturales.

Vestidos de ropa casual o traje, utilizando los instrumentos que ellos mismos compraron o improvisando con lo más rudimentario; en el calor de la tarde, o en el frío de una noche invernal; todos y cada uno de ellos salen a las calles para mostrar su talento. Y aunque ellos mismos no lo vean de esta manera, también engalanan la ciudad con un elemento que suele admirarse en espacios cerrados.

Día con día, vuelven a las mismas calles o buscan nuevos lugares donde puedan presentar su obra y deleitar a hombres y mujeres, jóvenes y adultos, sin que éstos deban hacer largas filas o pagar cantidades cuantiosas.

Dicho sea de paso, yo mismo he disfrutado conciertos de ópera en las calles de CDMX, donde la pasión y el goce estético pueden atraer la atención de cualquier persona en la calle 16 de Septiembre, por ejemplo. Y tales eventos, quizá improvisados, quizá planeados con antelación, no pierden ningún mérito por carecer de palcos, taquillas o recintos de mármol: mientras los automóviles transcurren en avenidas aledañas o los transeúntes despreocupados pasan rozando al cantante en turno, el espectador se envuelve de esa atmósfera y el goce se vuelve más intenso. De tal manera, cualquiera de nosotros, si es lo suficientemente perceptivo, llega a descubrirse en un espacio más vivo que las grandes salas de conciertos.

¿Qué pasa cuando el arte sale a las calles?

Cuando el arte sale a las calles, la ciudad misma se transforma en un escenario donde no es necesario formar parte de cierto estrato social, y donde no necesitas vestir de etiqueta o volver a casa para guardar las compras del supermercado, pues nadie te exige ciertos protocolos para formar parte del concierto o del recital poético en turno: no importa si eres culto o no, si llegas a la mitad del evento o incluso si no sabes qué sucede, sólo basta con acercarte y disfrutar del arte. Inclusivo, impactante y más vivo, así es el arte en las calles, se manifieste con la ópera de Giuseppe Verdi o la música de Guns And Roses; en un recital poético improvisado, o con un acto de pintura colectiva.

Y si bien es cierto que el arte en estos contextos no lograría cambiar las olas de violencia que se viven en el país, ni revolucionar nuestro sistema educativo, sí debemos reconocer que a través del goce estético la ciudadanía comenzaría a ver su propia realidad desde otras perspectivas, y a partir de nuevas formas de mirar el panorama, seguramente ellos mismos lograrían adquirir una mayor consciencia social y más tarde transformar al país.

¿Merecen el mismo reconocimiento?

Estos artistas (que no carecen de talento) no cuentan con ningún tipo de apoyo, y por lo tanto deben limitarse a recibir las monedas que su público puede ofrecer durante las vagas horas del día. Muchos de ellos jamás formarán parte de un programa cultural y mucho menos tendrán las puertas abiertas para presentarse en recintos como el Palacio de Bellas Artes. Pero, sin duda, por esa misma razón merecen un mayor reconocimiento y su arte se vuelve todavía más noble.

Más allá de celebrar y ovacionar a los artistas ya reconocidos, deberíamos celebrar al hombre que posee la pasión suficiente para salir y cantar obras de ópera a pesar del frío; a la mujer que toca su violín para regalarnos un momento de belleza; e incluso al grupo de adolescentes que ensayan su rap para deleitarnos con su creatividad. Celebremos y reconozcamos a cada uno de ellos, pues su trabajo lo merece.