Caminamos deprisa, la zancada rápida indica que avanzamos con un objetivo definido y probablemente que llegamos tarde, al trabajo, a buscar a los niños, al colegio, a la cita con el dentista…Un visitante del siglo XIX se extrañaría de esa manera de caminar, el modo paseo apenas existe en las grandes ciudades.

En el siglo XIX se inició la prisa

Y sin embargo, fue el siglo XIX el que inició este proceso que se ha ido incrementando con el devenir de los años. El tren fue un gran invento, que cambió la manera de viajar, acercó el mundo haciéndolo más pequeño. Pero también cambió el concepto del tiempo, el tren tiene unos horarios.

Lo mismo ocurrió con las fábricas que establecían unas jornadas mastodónticas de trabajo, en las que el horario de entrada estaba claramente definido.

Los relojes con su ritmo preciso se fueron adueñando de la vida de los ciudadanos, sustituyendo al sol y los astros. Y en esto, los relojes fueron democráticos impusieron un ritmo sin distinguir clases, aunque sí distinguían lo que el ritmo implicaba para cada quien. La prensa diaria también apareció y junto con el tiempo cambió también la manera de contar historias.

Las novelas se fueron haciendo más pequeñas, condensadas en un pequeño tomo fácilmente transportable, Madame Bovary ha sido moderna en muchos sentidos. También los poemas se acortaron hasta ocupar prácticamente el espacio de una hoja impresa.

En el s. XX surgen los micro relatos

Y entre la novela y la poesía también los cuentos se fueron acortando. Y surgió, ya en pleno siglo XX una modalidad caracterizada por la brevedad y la ficcionalidad que alguien llamó, micro relato o microhistoria o mini cuento. Descubrimos en ellos, casi siempre, a un personaje entregado a una acción ya empezada y la sorpresa suele ser el punto fuerte de este género literario.

La prisa, el tiempo, no puede quebrar el impulso humano hacia lo divino que se manifiesta en la creatividad, ni el hecho de que aunque la prisa nos haga ver la vida como una línea recta, en realidad sea cíclica. Así, un buen día, llega un micro relato reducido a la mínima expresión, pongamos siete palabras (como Dios creo el mundo en siete días):

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí

De esta manera, Augusto Monterroso logró durante un instante detener el tiempo, detener la prisa, uniendo el mundo de la vigilia y el mundo del sueño, el pasado y el presente, demostrando que a pesar de la prisa, la vida es cíclica y solo sigue su propio ritmo.

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