Nueva Zelanda sorprendió con imágenes que parecen distópicas: mientras el mundo está sumergido en una pandemia sin fin de Coronavirus y esperando desesperadamente el alivio de las vacunas, el país insular mostró otra cara. Un multitudinario concierto en el Spark Arena de Auckland, donde 6.000 espectadores disfrutaron de un concierto, sin distancia de seguridad, ni mascarillas.

La revista médica británica The Lancet analizó la peculiaridad del plan de Nueva Zelanda quien obtuvo grandes respuestas con confinamientos cortos, rápidos y que resultaron muy efectivos: sólo cinco días, acompañados de una gran cantidad de testeos para controlar los brotes.

De esta manera, pudieron detener las infecciones generalizadas y los ingresos importados fueron muy pocos.

Nueva Zelanda diseñó una estrategia muy diferente para afrontar el coronavirus

A medida que el mundo se fue desayunando y las pruebas de la gravedad del avance de la infección del coronavirus convenció a los científicos, gobernantes y la gente en general, hubo países que tomaron diversas medidas, más duras o más laxas. Nueva Zelanda fue de los primeros, ofreciendo a la pandemia declarada por la Organización Mundial para la Salud (OMS) un enfoque centrándose en la supresión del coronavirus.

Una estrategia diversa a otros países que buscaron mitigar y ralentizar los procesos de infección y ganar tiempo para alcanzar o anular la incidencia en la población de las consecuencias del síndrome respiratorio que el coronavirus provoca y del estrago en los sistemas de salud. Nueva Zelanda aplicó restricciones fronterizas basadas en el riesgo antes de recibir las recomendaciones de la OMS, antes del primer caso local de coronavirus, que fue confirmado el 28 de febrero de 2020.

Confinamientos cortos y fronteras cerradas

El país sólo tuvo 25 víctimas durante el primer brote y los contagios están en el orden de los 1.500.

Cifras que provocan escalofríos cuando se comparan con las más de 34.000 muertes y más de un millón de contagios españoles. Estadísticas que en mayor o menor medida se registran en el resto de los países, por no hablar de los Estados Unidos, India o Brasil.

Nueva Zelanda comenzó a ponerle reglas al coronavirus el 30 de enero, cuando aún no tenía ni un muerto, muy distinto que el caso español donde recién el 10 de marzo se dispuso el confinamiento estricto, y estableció criterios de acción sanitarios. Sus hospitales tuvieron las pruebas de PCR homologadas desde esa misma fecha. Se cerraron las fronteras y hubo inquebrantables restricciones para los viajeros de China, Corea del Sur e Italia, los primeros países más afectados.

Un país insular: las diferencias de fondo, geográficas y sociales

El país, por sus características geográficas, tiene una antigua historia de catástrofes volcánicas y terremotos, habituados a la respuesta inmediata y la resolución de problemáticas de intensidad. Una gran isla en el océano Índico a quien no resulta muy complejo el aislamiento y a diferencia de Europa, una bajísima densidad de población, donde en sus cuatro ciudades más pobladas viven 18 personas por kilómetro cuadrado. En Europa habría 93 habitantes.

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