"Piove, senti come piove. Madonna come piove". Esta canción de Jovanotti me atrapó desde el minuto cero. Caen cuatro gotas, la recuerdo, la escucho y la canto. Hoy, un sábado gris plomo, con el cielo completamente encapotado y derramando gotas dispersas este tema ha formado parte de la soundtrack que me ha impulsado a salir a la calle para seguir con el reto de andar. Abro la puerta y el frío invade mi cuerpo, extremadamente perezoso, pero sigo adelante disparada hacia las escaleras mientras escucho el sonido del cómodo ascensor que algún vecino usa privando a sus maravillosas piernas del sano ejercicio.

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Este reto, además de caminar durante dos horas al día, incluye evitar el transporte, el ascensor, los pasillos mecánicos y cualquier medio de locomoción que impida hacer ejercicio. Abro la puerta y miro al cielo grisáceo que amenaza con descargar todos los colores del gris en forma de agua en cualquier momento. Arriesgo pertrechada con mi cortavientos y mi paraguas. La calle, casi desierta, invita a caminar en la, casi soledad, de un día no laborable; sin embargo, los habituales de la mañana desafían la temperatura de este día gélido que amanece sin un tímido rayo de sol que incite a pensar que estamos en primavera.

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Mi cuerpo está en fase sábado, me cuesta caminar pero, a medida que avanzo, me siento más ágil y poco a poco lo que era pereza se convierte en un despertar que reinicia mi cuerpo. Estoy preparada, pues, para aumentar el ritmo; sin embargo, hoy no tengo una ruta predefinida y, por tanto, voy a improvisar. Paso por delante de los bares que invitan a desayunar con un café recién preparado y bollos. Evito, obviamente, esos peligros gastronómicos para seguir mi camino sin destino pero con un fin claro y definido.Abandono las grandes vías y empiezo a callejear por Madrid.

Las calles menos transitadas tienen muchos y es frecuente encontrar sorpresas estéticas, más creatividad en los escaparates o rincones ocultos que hacen, de esa experiencia, un paseo singular que rompe con la rutina y, además, regala la ausencia del ruido del tráfico y, en cambio, aporta unos sonidos diferentes que acompaña el silencio de primera hora de la mañana.

Sin darme cuenta el tiempo se ha escapado.

Ha pasado casi mi hora matutina y me dispongo a volver contenta porque he disfrutado del placer de andar, del placer de recorrer calles que no había pisado antes y porque, un día más, he cumplido.

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