Esta primavera a la inversa no deja tregua para caminar por la calle sin cargar con el paraguas o el cortavientos. Si lluvia no es intensa caminar puede tener un valor añadido que es el olor a tierra mojada cuando una pasar por delante de un parque. Ese olor tan característico y especial que te reconcilia con la madre naturaleza. No obstante, cuando hay ráfagas de viento y de lluvia intensa e intermitente hacen que, caminar, se convierta en algo molesto que no deja disfrutar del paseo.

Sin embargo, hay un remedio que es caminar por espacios cerrados como la casa, un museo, un centro comercial o una estación de metro o autobús.

Estos espacios, obviamente, son poco habituales para dar un paseo pero, sirven, como remedio cuando las inclemencias del tiempo impiden poder hacerlo con normalidad por la calle o por el campo.

Hoy he decidido caminar por un intercambiador de metro y autobús. La experiencia ha sido brutal en todos los sentidos; por una parte, por el exceso de personas que iban y venían durante mi circuito improvisado; por otra parte, por lo diferente que resulta caminar por un espacio que habitualmente recorro con prisas para llegar al metro o al autobús.

Es curioso como cambia un espacio cuando lo recorres con otros tempos y, obviamente, con otra finalidad. A pesar de ser temprano, el intercambiador esta lleno de personas que esperaban, corrían o se dirigían con normalidad al metro o al autobús. Yo era de las pocas que caminaba sin más y esa condición me ha dado una perspectiva que jamás antes había tenido.

Perspectiva

He podido observar en los rostros y los rictus de las personas la ansiedad matutina, la preocupación, la prisa y, en especial, su pose y su mirada de rutina, de estar viviendo un momento de tránsito en un día laborable y en un lugar que no aporta nada salvo ser una transición entre la casa.

Todo ello, a pesar de ser viernes, y ver algunas caras felices con maletas de fin de semana.

El paseo, así, se ha convertido en una ruta por un escenario urbano atípico y singular que acaba siendo como una especie de mapa de la realidad social que arrastra a todo el mundo a vivir un ritmo trepidante sin remedio. Me veía reflejada en las caras de esas personas porque, cada día, paso por esos mismos espacios igual que ellos.

Regreso a mi casa para tener tiempo de escribir antes de volver a una de esas estaciones en el que sustituiré, sin remedio, mi rol de caminante por el de urbanita.

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