La historia de la recuperación de las poblaciones de lince ibérico en la Península ejemplifica meridianamente el conflicto enconado que mantenemos con la naturaleza "salvaje", a la que tenemos rodeada (ya no podemos decir aquello de "la naturaleza que nos rodea").

De entre la fauna ibérica, el amenazado felino acapara, con razón, los titulares de prensa porque es una especie bandera, una vistosa aunque esquiva pieza, como son otros grandes y medianos carnívoros.

No es sujeto de tanta animadversión como el lobo, y es una especie simpática a un amplio sector de la población, pero esto no detiene a muchos furtivos sin escrúpulos que no despliegan esa cordialidad para con el gran gato, y que deben albergar alguna clase de tirria atávica para con todos los Animales, grandes o chicos, de pluma, escama o pelo, domésticos o indómitos.

Los que no cazamos, pero sí profesamos admiración por toda forma de vida silvestre, somos, pese a todo, corresponsables por omisión o por acción de la muerte de animales, tal vez no sólo de los linces, sino de muchas otras especies no tan eximias.

El tráfico motorizado es sólo otra de nuestras formas eminentes de infligir pérdidas severas a las comunidades de fauna, aunque no lo advirtamos si estamos al volante. Y sin embargo, cada vez más gente cobra consciencia de este impacto. Los propios cazadores, digámoslo así, legales, en tanto afecta a su actividad, tienen mayor noción de este estropicio, que la mayoría de ciudadanos que no suele pisar el monte salvo de forma somera.

Abundan los estudios que registran la mortalidad de animales a lo largo de las carreteras, y son muchos los particulares que mantienen redes de colaboración para recabar información, aportar datos de atropellos y detectar puntos negros para así proponer mejoras de gestión.

Una forma de implicación personal de la ciudadanía a este fin de preservación, restauración y respeto a los ecosistemas que nos mantienen con vida, es la contribución con información propia sobre los impactos recibidos por las especies.

Incluso sin una formación específica se puede realizar un trabajo sustancial. Aunque no se conseguirá nada sin una mejor educación de la ciudadanía y, en especial de los responsables políticos en estos temas, la educación comienza por sentirnos concernidos, por ser capaces de percibir los problemas ambientales como propios, y transmitir ese interés fundamental a las siguientes generaciones.

Un buen ejemplo es la plataforma ciudadana de Biodiversidad Virtual, entidad no lucrativa, de sede barcelonesa, dedicada a la divulgación en la red de la biodiversidad y su conservación, y a la concienciación del público en general.

Cuenta con una extensa base de datos taxonómicos, fotográficos y de impactos ambientales, así como una revista propia de historia natural, elaborado todo con contribuciones espontáneas de cientos de personas a las que preocupan los problemas de la conservación ecológica. Destaca su base de datos de animales atropellados, con más de 1400 registros distribuidos por todo el territorio peninsular, pero también hay disponibles muchas referencias a envenenamientos, furtivismo o colisiones con aerogeneradores y tendidos eléctricos, entre otros.

En éste tiempo en que vivimos un apresuramiento crónico al que exponemos a la naturaleza, y en que manifestamos una denigración de la historia natural más urgente (porque no sabemos cuántas especies hay, cuántas se extinguen, ni a qué ritmo exacto, aunque ya sabemos qué cosas hacer para evitarlo), iniciativas como ésta son valiosas y bienvenidas.

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