Qué pena. Qué pena y qué rabia. Por alguna razón nos vemos atrapados en estas circunstancias turbias y poco empáticas, donde las víctimas son culpables de sus destinos, culpables por ser mujeres, culpables por tener las familias que tienen, culpables por salir de noche y llegar tarde, culpables por beber y fumar, culpables porque sí y porque no, porque si no hay razones se buscan y si no se encuentran se inventan.

Nos pasa como gremio. Los periodistas y sus líneas editoriales no defienden al que es violentado jamás, a menos que sea parte de un espacio de privilegios. Y con Diana fue así también. Un caso tratado con poca seriedad por la policía y por la prensa, con una investigación deficiente (o poco prolija, si es que les duele) y un tratamiento comunicacional que tristemente, aunque nos inquieta y enfurece, ya no nos sorprende.

Sabemos que Diana tenía una familia "disfuncional". Nos han dicho que su madre era inestable, que tomaba pastillas, que Diana respondía con comportamientos "problemáticos", que sus padres eran como el perro y el gato, que a Diana le gustaba la noche, que salía con chicos, que alguna vez tuvo problemas de anorexia. Todos elementos irrelevantes para el caso, morbosos, irrespetuosos con el dolor de la familia, tendenciosos. Y ahí quedó, un caso a medias de otra chica que en cierta forma "se lo buscó". Caso archivado y qué más da.

Pero ahora, casi un año y medio después, sabemos con certeza que Diana no se fugó a pasarlo bien, que no desapareció por su culpa, que no se perdió en el alcohol. Fue un hombre quien la asesinó, quien la dejó sumergida en un pozo, sin dignidad y sin un apropiado adiós.

Y como ya podrán imaginar, tras 500 días de desconocimiento, de angustias para la familia, de negligencias, de dolor, de injusticia, aun así nos enfocamos en el lado incorrecto de las cosas.

Porque nos toca ver en el medio La Razón la siguiente línea: El error de «El Chicle»: No quitó el móvil a Diana antes de meterla en el maletero. Y es difícil de explicar o de entender, porque no es una novela de misterio ni es el Detective Conan explicando los pormenores del caso, nada de eso, es un medio de comunicación tratando un hecho real con una crudeza cruenta e irresponsable, con un titular que casi parece una recomendación para futuros delitos. Y no es la primera vez ni tampoco será la última, porque algo estamos haciendo mal. No es anecdótico, ni una mala elección de palabras, es algo culturalmente perverso, que no se piensa, y eso es lo triste, lo tenebroso. No lo aceptemos sin más.