Vivimos en una sociedad etiquetadora y encasilladora, en la que parece muy difícil volver a empezar cuando nos damos cuenta que escogimos un camino que ya no deseamos o, que tal vez, nunca lo hicimos.

A lo largo de nuestro paseo por la Vida, tomamos decisiones creyendo que serán temporales o, en el mejor de los casos, que nos conducirán hacia donde queremos. Sin embargo, muchas veces, nos movemos sin saber si eso, realmente, es lo que hemos escogido desde la libertad o es fruto de la inercia de otros (normalmente la familia) y de nuestra educación. Un día, nos acabamos dando cuenta que seguimos sintiéndonos vacíos, que nuestra vida vibra en bucle, y que todo se repite y se repite porque tal vez tengamos que actuar de forma distinta a como veníamos haciéndolo.

Como en toda historia, siempre se produce un punto de inflexión que nos invita a recapacitar y tomar consciencia de la necesidad de redirigir nuestro camino, de enfocar de otra manera nuestras decisiones y enfrentarnos a lo que nos asusta e impide alcanzar la vida que, aunque tal vez siempre la hayamos negado, es la que queremos.

Y es curioso, porque cuando decidimos cambiar de rumbo, de una forma extraña y a la vez inquietante, eso que llamamos “pasado”, empieza a perseguirnos, frenando el avance fluido de esa nueva etapa, de esa nueva vida.

Ante tales obstáculos, puede surgirnos la duda, e incluso la creencia, de si eso que nos persigue constantemente, lo hace porque estamos destinados a vivir con ello.

Sin embargo, y aunque contemple la posibilidad de que exista un destino preestablecido para algunos aspectos de nuestra vida, como pudiera ocurrir con la fecha de la muerte, cuando eso sucede es importante dejar de escuchar los mensajes que nos regala la mente, mensajes condicionados por nuestros miedos y por lo que otros nos han programado desde niños, y escuchar lo que nos dice esa otra parte de nosotros más intuitiva, que nos conecta a nuestro “yo interior” y nos revela la existencia de “esa posibilidad” que desacredita “lo aparentemente imposible”.

Pero, ¿cómo lograr deshacernos de ese “monstruo” llamado “pasado” y reprogramar nuestra vida?

Sentir que el pasado nos persigue como un “monstruo” acechando nuestra decisión de reenfocar el futuro, no implica que éste sea oscuro, negativo o nos haga sentir vergüenza, aunque puede que en algunos casos sí, sino que “ese pasado” lo concebimos como algo “dañino” porque no lo hemos superado, no nos hemos desprendido de él, incluso, tal vez, sintamos que no hayamos aprendido lo que necesitábamos, pero, sea cual sea el motivo, es importante entender que conviene despedirse para que no nos obstaculice ante nuestros ahora nuevos planteamientos.

Desapegarse del pasado es el primer peldaño para reiniciar nuestra vida y encontrarnos.

Y desapegarse no quiere decir olvidar o rechazar lo vivido, sino aceptar que ya cumplió su función, guardar ese pasado con cariño y dejarle sitio al presente para que trabaje sobre el futuro.

Trabajar el desapego con el pasado es imprescindible para liberarnos de lo que nos mantiene sujetos a aquellas creencias que nos invitan a que sigamos cometiendo los mismos errores, por miedo a cometer otros que sean distintos.