Entre las pocas películas italianas que llegan a nuestras salas, llega “La hora del cambio”, quinta película de Ficarra y Piccone, pero la primera que llega a nuestro país. Este cronista, al verla, acabó con un sabor agridulce en la boca, debido a que ellos manejan lo que un maestro como Berlanga manejaba como nadie, pero sin el sentido corrosivo del valenciano.

En un ficticio pueblo siciliano, Pietrammare, el veterano y corrupto alcalde que lleva muchos años se presenta a la reelección. Tiene el pueblo hecho una pena: socavones en las calles, tráfico insufrible, fábricas contaminantes, un puerto sin barcos y demás desastres.

Pero un maestro de escuela progresista se presentará a las elecciones y las ganará. Y cumplirá a rajatabla sus promesas, consistentes en regenerar el pueblo, aun ganándose la antipatía de sus propios votantes y que paradójicamente acaben sintiendo nostalgia del anterior alcalde, por mucho que tuviera el pueblo de manera impresentable.

Los Martes y Trece italianos

Salvatore Ficarra y Valentino Piccone son dos cómicos muy populares en Italia, tanto en el teatro como en la televisión, y en el cine. Sus anteriores películas y las que nos ocupa han sido éxitos en la taquilla italiana. Pero el problema de este cronista a la hora de ver esta película es que el arranque de la historia, que muestra la ciudad y sus habitantes, no tiene una continuación lograda y se pierde en ese histrionismo que tanto ha hundido a la antaño gran comedia italiana en un sinfín de tópicos, clichés y personajes estereotipados.

Ellos centran la trama en sus dos personajes, parientes del nuevo alcalde, uno histriónico e histérico, el de Ficarra, con aires de sufrir permanentes descargas eléctricas mientras habla o que se le van a caer los ojos rodando por el suelo como si fuera Jim Carrey en “La máscara”, y el otro, el de Piccone, es serio, más comedido, como el típico dúo que vemos mucho en el circo o de parejas cómicas como los Hermanos Calatrava.

Y ese es el hándicap de la película, aparte de una galería de secundarios de desigual fuerza y aportación a la trama. Si el personaje de Ficarra es insoportable con sus muecas y gritos, varios secundarios no despiertan carcajadas ni a tiros con similares actitudes y esos gestos tan italianos de estarse peleando con el aire como Mohamed Ali.

Final fallido, desolador y decepcionante

La decepción de los habitantes de Pietrammare llega a tal punto que el cura del pueblo, manipulador hasta lo inquietante, los reúne en su iglesia para confabularlos contra el nuevo alcalde, cuyo personaje, junto con el de su adolescente hija, es de los más comedidos, pero que acabará desbordado por la ira de sus conciudadanos, que piden histéricamente su dimisión inmediata.

Tanto que todo acabará en un desolador final que, teniendo en cuenta que la película está co-producida por Mediaset, del emporio de Silvio Berlusconi, hace que éste no esté nada conseguido, pues no sabes si todo muestra un mensaje reaccionario (el antiguo alcalde se parece un poco al inefable empresario milanés) o que los autores, pese a que muestran un pueblo nuevamente caótico e inhabitable, no han sabido acertar en su crítica, pues Berlanga (volvemos otra vez al maestro) sabía llegar al fondo de su crítica, como mostró en los finales de “El verdugo” o sobre todo en el de “Vivan los novios”, rotundo e implacable, con la bandera del Vaticano como metáfora de que ni siquiera el Papa apoyaba ya a la España de Franco.

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