Fue un caluroso día de julio de 1952 cuando el joven dibujante y ex soldado americano Charles M. Schulz, a punto de cumplir los treinta años, publicaba su primera colección de tiras cómicas bajo el título Peanuts, impuesto por su editor original.

Para entonces, la acogida de las aventuras de Charlie Brown, Snoopy y sus amigos, de humor mordaz y observaciones profundamente críticas, fue tan positiva durante la posguerra americana que las caricaturas de trazo tímido conseguirían ocupar, sucesivamente, las páginas de hasta dos mil periódicos y diarios alrededor del mundo, desafiando los prejuicios raciales con la introducción de Franklin, el primer personaje negro que apareció dos meses después del asesinato de Martin Luther King y que hoy celebra cincuenta años, así como los hábitos y trabas sociales más afianciados y amargos con moralejas que adoctrinaban sobre la decencia humana, revolucionando el parecer colectivo al saltar a medios más modernos y populares como el cine y la Televisión.

Las adoradas caricaturas reflejaban la amarga subversión y la crítica social

«Mis historias no tienen finales felices porque la felicidad no es divertida», decía un Schulz cuya filosofía se codeaba con cierto grado de pesimismo y pesadumbre tras los estragos de los conflictos bélicos y la pérdida de su madre, sucesos que el propio dibujante incluyó entre las experiencias semi-autobiográficas de Charlie y su mascota beagle, con reflexiones que concienciaban a los más pequeños a partir de nuevos conocimientos y principios morales que algunos escritores, como Robert L. Short, vinculaban con las peculiaridades de los evangelios cristianos.

El propósito primordial de Schulz era adoctrinar a los más valientes sobre cómo sobrevivir en un mundo egoísta e incómodo a través de un humor efectivo aunque implícitamente tullido.

No es menos cierto que las toscas convencionalidades del día a día asomaban de una viñeta a otra mientras nuestro protagonista, un niño arquetipo contagiado por el espíritu de América y tildado de «fracasado adorable», desgranaba las decepciones legítimas y predecibles con las que el lector podía simpatizar de la mano de personajes con caracteres bien diversos y definidos, como Linus, un intelectual frágil que se enfrentaba a la vida con preguntas feroces; Peppermint Patty, una muchacha desaliñada de juicio autónomo e inspirador que sirvió como icono lésbico; el célebre Snoopy, fanático de la lectura, del arte de van Gogh y dotado de una imaginación desbordante que comparte con su aliado Woodstock, un simpático pájaro amarillo, o la antagonista Lucy, autoritaria, malhumorada y algo perversa que reveló la sombría cara del bullying.

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Todos ellos tenían como designio interactuar en un ambiente comunitario infestado de actitudes hobianas, donde la cruel realidad primaba sobre la fantasía utópica en un flujo de codicia y rivalidad que únicamente la soledad personal atenuaba con una conciliación definitiva del sosiego, temática que iba contra corriente de los frenéticos y ambiciosos preceptos sociales del momento. De hecho, Matt Groening, el creador de Los Simpson, recuerda sentirse «impresionado al percibir la brutalidad y las humillaciones repentinas que yacían en el corazón de las tiras cómicas», lo que confirma que Schulz tenía en mente mucho más que incentivar la distracción pueril y, por tanto, que la inocencia que se desprende de sus dibujos era ilusoria.

Los héroes más humanos de Schulz sirvieron de inspiración a pequeños y a adultos

Para cuando llegaron los sesenta del siglo pasado, los personajes más emblemáticos de Peanuts ya habían perfilado sus identidades con una amalgama de virtudes y defectos y asentado sus motivos hasta, como apunta acertadamente Sarah Boxer, convertirse en auténticos ídolos para las masas entusiastas del universo strip, quienes asignaban sus afinidades bien al ingenio de Charlie, el angustiado héroe, a la ególatra Lucy o a la enrevesada Sally, solidarizándose así con las dificultades que resonaban en cada historieta de acuerdo a la solemnidad de una identidad política enraizada, fórmula intelectual surgida en aquellos tiempos al otro lado del charco.

Snoopy, sin embargo, representaba la auto-aceptación entre las normas y expectativas sociales que rebasaban el vaso del que uno mismo había de beber. La rebeldía que nacía de la introversión del perro animaba a erigir los cimientos de una integridad propia y a transformar las penurias en un ensueño sereno donde ninguna pesadilla podía entrometerse. El mensaje de Snoopy era evidente: uno debía ser, simplemente, quien quisiese ser en su interior, sin cabida a las reprobaciones de los demás.

Por eso, en 1969 ya bailaba al son de su corazón, exhumando alegría y asegurando que «este es el baile de mi 'Primer Día de Mayo'», siguiéndole al resto de estaciones en un jolgorio inagotable cuya música bramaba que estaba vivo y que eso era todo lo que importaba. Incluso su autor Schulz confiesa que Snoopy se había adueñado de una libertad que él mismo no le confió de forma plenamente consciente: «No sabría explicar cómo empezó a moverse y a pensar, pero creo que es una de las mejores cosas que he hecho nunca».

Aunque este personaje, acostado sobre el tejado de su guarida mientras observa las estrellas, fue el símbolo de idealismo y emancipación en muchas emisiones de la serie de televisión, como en el especial de Halloween, consiguiendo tocar la luna tras representar a la NASA durante una de sus primordiales misiones o ser el modelo a seguir para la presidencia de Estados Unidos, muchos otros críticos y comentaristas rechazaron la nula interacción de la mascota con las cuestiones y acontecimientos que rondaban las tiras cómicas y se destacó un supuesto «decaimiento artístico» al que aludió Christopher Caldwell en el New York Press del año dos mil, ante casi dieciocho mil historietas completas y a solo un mes antes del fallecimiento de Schulz.

Garfield, o el enemigo que le sobrevino a Snoopy; la caída del telón y el streaming de Apple

Se sucedía que un desconocido gato grueso y rojizo que se hacía llamar Garfield ya comenzaba a maullar su glotonería y sarcasmo hiriente hasta despertar el interés de los lectores y acaparar más espacio en los periódicos del que su adversario Snoopy, con medio siglo de andanzas y experiencia, era entonces capaz. Nunca la expresión «se llevan como el perro y el gato» ha sido más apropiada que ante el duelo de voces al que los dos grandes iconos sucumbieron.

El progresivo ocaso se dejó entrever desde la cumbre en la que Charles Brown y sus amigos contemplaban las desavenencias del mundo, y esta realidad, sumada a la enfermedad mortal que retuvo a Schulz, supusieron el adiós definitivo a los episodios que Peanuts reunía. El dibujante, apenado por la partida de sus retoños creativos, se excusaba en una carta de los obstáculos físicos que le impedían trabajar con normalidad sobre la que una vez fue «la ambición de su infancia».

Nunca más, a voluntad de Schulz, se volvieron a escribir tiras cómicas que Snoopy o Charlie protagonizasen, pero los medios y las industrias no han dejado de retratar a las carismáticas figuras en pantalla y de presentar merchandising inestimable para los más nostálgicos.

La sonada empresa Apple, por cierto, acaba de adquirir los derechos de autor de estas historietas, anunciando la futura producción de una nueva serie, la cual estará disponible en su servicio de streaming para 2019.

Charles M. Schulz, quien había sabido asimilar el humor que emergía de toda tragedia y anhelaba sanar la conciencia global a fuerza de preguntas y meditaciones, dijo en algún momento: «Los niños se ven obligados a soportar los mismos reveses que los adultos; los pequeños lo saben, pero los adultos no».

No cabe duda de que sus atemporales estallidos de sabiduría siguen encariñando al público entre colores pasteles e ilustraciones especiales y divertidas, y su legado permanece intacto a través de las prometedoras generaciones. Robb Armstrong lo enunció muy bien: «Charles inspiró a niños del otro lado del mundo. Es impresionante lo que consigues cuando inspiras a un niño, y él lo hizo».

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