Leonie Nelly Sachs, descendiente única de una familia judía, nacía hace 127 años entre música, riquezas y el arte de la danza y las letras en la ciudad berlinesa de Alemania, también bautizada como «la Chicago de Europa» por haberse transformado en una sede tremendamente ambiciosa y materialista que, por entonces, ya lograba encabezar los primeros cambios hacia la modernidad tecnológica, la prosperidad infraestructural y el dinamismo metropolitano mediante los ferrocarriles, industrias eléctricas, metalúrgicas y textiles más avanzados; todo a expensas de llevar consigo las contrariedades de excesos bohemios, disciplina militar y pobreza descontrolada.

A medida que las carreteras se asfaltaban y la población se agolpaba junto a cafeterías bulliciosas, bancos de negocios emergentes y fachadas impolutas en el barrio de Schöneberg, la joven alemana, introspectiva y sensible, maduraba lejos del ruido banal que discutía el liberalismo con tintes socialistas, y lo hacía a base de trazos líricos y correspondencias con colegas del gremio literario, como Selma Lagerlöf y Hilde Palm.

Fueron los padres de Sachs quienes, preocupados por la persistente salud delicada de su hija, la convencieron de que abandonase cualquier proyecto profesional y permaneciese en reposo bajo la protección del hogar. De ahí que, soñando y cayendo ante el embrujo de la curiosidad intelectual, encontrase su propio cometido y autonomía para dar, más adelante, testimonio del padecimiento judío.

Allanando el camino para la barbarie del Tercer Reich

Afuera, el tiempo pasaba con tanta codicia y agitación que terminaron por darse crecientes turbulencias gubernamentales: en la supremacía imperialista del continente europeo intervino la rivalidad por el derecho del poder, como un estornudo mal tratado que encaminaba cada nación a la enfermedad.

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Se sobrevino un asesinato en la dinastía austriaca y estalló así la Primera Guerra Mundial, con un despliegue de violencia dilatado desde potencias aliadas hasta centrales, derramando vidas sin frenos y a ciegas en una carrera bélica que Alemania hubo de detener, más herida en su orgullo que en su sentido común, a través del Tratado de Versalles.

Con el cambio del Reich imperialista a una democracia parlamentaria difícil, Nelly Sachs observaba cómo una buena parte del país había empezado a bullir protestas con resentimiento, y que los conflictos artísticos, políticos y económicos ya existentes se habían sumado a la búsqueda de un líder tajante y enérgico, estimulada fervientemente por los grandes y costosos fracasos de la Gran Guerra.

Quizá ninguna conclusión es comprensible, pero sí verosímil para figurarse las condiciones que propiciaron la llegada al poder durante la tercera década del siglo veinte del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, acaudillado por Adolf Hitler, o, en otras palabras, la súbita antesala del genocidio Nazi.

La «solución final» que abriría las puertas a la poesía más celebrada de Sachs

La propaganda que se usó en los discursos de la cabeza de Estado ante las grandes masas como si de una sesión de hipnosis se tratase tenía como objeto afianzar los ideales y propósitos militares con promesas y delirios de grandeza que, sucesivamente y con la consolidación de la dictadura, fueron convirtiéndose en mentiras y encubrimientos que se salían del marco legal doméstico y extranjero recién aplicado.

No tardó en rasgarse el velo que vestía al monstruo como un ídolo, y muy pronto se sucedieron las amenazas contra razas designadas inferiores, así como orientaciones sexuales y etnias discriminadas.

La aparente tranquilidad del sobreempleo por la instauración de empresas alemanas, el amparo económico de la mujer y la inversión pública que tanto había encandilado fundamentalmente a la clase obrera y comerciantes se rindieron al servicio del armamento y a la fructificación de estrategias bélicas y de exterminio que el Partido ya estaba poniendo en marcha.

El odio al considerado principal enemigo racial, los judíos, fue la motivación del diseño de la «solución final», mediante espacios de tortura macabros que debían de arrasar con personas inocentes marcadas por estrellas amarillas de seis puntas, ghettos, inaniciones, hacinamientos y el silencio de la muerte en vida.

La poetisa se exilia a una semana de ser detenida por la Gestapo

Era 1940: la guerra de la venganza alemana cumplía un año de delirio; miles de judíos, gitanos, homosexuales y traidores al régimen eran detenidos diariamente, otros eran aniquilados y los más afortunados continuaban escabulléndose de los homicidas Nazis como ángeles en un infierno improvisado.

Nelly Sachs, para entonces, se enfrentaba al siseo de la serpiente hercúlea con una parálisis emocional que, en ocasiones, la impedía hablar: «Cuando el gran terror llegó, me quedé muda», escribía incrédula de un verso a otro. La poetisa que anidaba en las letras con el brío de la ingenuidad a los diecisiete años recibía ahora al papel con una inspiración carcomida por el temor y la angustia del exterminio. En su poema más famoso retoma «el cuerpo de Israel, expedido en humo disuelto» de las cámaras de gas.

Pero la serpiente se deslizaba de habitaciones a sótanos y de sótanos a áticos; los simpatizantes informaban sobre aquellos ojos que se negaban a la pesadilla y se hacía cada vez más difícil no recobrar de un golpe la identidad perdida con la esperanza de sobrevivir. En consecuencia, agentes de la policía secreta terminaron por encontrar e interrogar a la poetisa y madre anciana como un trámite acostumbrado que permitía la deportación en el transcurso de una semana.

El destino de las Sachs, sin embargo, sería bien distinto gracias a las incontables cartas que habían forjado una amistad inalterable entre Lagerlöf y nuestra protagonista, y es que la realeza sueca, advertida por Lagerlöf, estaba dispuesta a acoger a la familia al borde del precipicio. Madre e hija partían a un país ajeno, dejando atrás todas sus posesiones, seres queridos y vivencias para comenzar de nuevo, a cambio de que el horror llegase a su fin.

Publicaciones, despedidas, premios y un legado en honor al recuerdo

Adaptarse a un país distinto no siempre es fácil: en la ciudad de Estocolmo, las Sachs convivían en un pequeño apartamento mientras se esforzaban por aprender el idioma y subsistir a través de traducciones. En cuanto a la poesía romántica de Nelly, más cristiana, hermética y surrealista que nunca, se acumulaba con ímpetu como si tuviese por meta dar voz a quienes la habían perdido en los campos de concentración o a aquellos que esperaban volver a hablar algún día, dejados a su suerte en los rincones más oscuros de Alemania. Los tropos e imágenes, tanto en la lírica como en las obras de teatro, contienen elementos adyacentes a los rasgos y acontecimientos del Holocausto que se entrelazan con el problema de Dios y las personas desterradas de su mano.

El talento y singular estilo que germinó de la experiencia e imaginación de Sachs supusieron una serie de publicaciones originales y traducidas durante décadas venideras, con el amparo y admiración del mismísimo Paul Celan, quien comprendía los detalles más amargos de la destrucción Nazi hasta conseguir forjar un vínculo que marcaría versos mutuos en un abrazo de «hermanos», como gustaban llamarse entre sí.

La poetisa contaba ya con sesenta años y una pesada carga que portar: su frágil salud se había debilitado profundamente tras el fallecimiento de su madre, las detonaciones y gritos de la Segunda Guerra Mundial habían quedado atrás hacía mucho tiempo y el genocidio Nazi no había podido sumarse a la que se categorizó como «la portadora de la tragedia judía». Para entonces, la humanidad aspiraba al perdón, nuevos pactos entre patrias se alzaban para repetir «nunca más», y el mundo, ávido por no olvidar la tragedia perpetuada, galardonó con veneración la dedicación literaria a la que se sometió Sachs con fe y generosidad para sobrellevar la cruz colectiva y, finalmente, representar la atrocidad y sufrimiento del holocausto.

En la actualidad, su nombre y palabras todavía resuenan en la memoria de generaciones contemporáneas. La Alemania que hubo de abandonar devuelve el honor de sus escritos entre ruinas pasadas que persisten. Diarios, programas radiofónicos y nuevas aplicaciones tecnológicas, como Google Doodle, conmemoran el aniversario de la mujer que le dio la mano al destino para poder contar la crudeza judía con su potestad lírica.

Ante la apatía e incertidumbre de nuestro siglo, Leonie Nelly Sachs parece advertirnos desde su cielo sobre las luces y sombras de la historia con un mensaje que reflexionar: «vosotros, los aprendices, que apenas recordáis por las noches: muchos ángeles se os han dado, pero no los podéis ver». Felices 127 años.

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