Ya lo anticipaba sin querer Thomas De Quincey en su Del asesinato considerado como una de las bellas artes, cuando analizaba el morbo que siempre nos ha hecho correr hacia el lugar del crimen para ser testigos del drama. Contaba, con un estilo periodístico y de un modo costumbrista, como antaño la gente corría en cuanto había un incendio en sus ciudades. Pero no corrían en dirección contraria, lo hacían en dirección a las llamas para observar la tragedia durante horas; como si de un largo espectáculo de paso por la ciudad se tratase.

De sabios es rectificar

Si hace una semana calificábamos como decepcionante el estreno en Antena 3 de los 3 primeros episodios de American Crime History: The Assassination of Gianni Versace, es justo reconocer que los siguientes 6 han vuelto a ser una delicia audiovisual igual o mejor de lo que lo fue primera temporada, American Crime Story: The People Vs O.J.Simpson. Los usuarios de Netflix pueden estar de enhorabuena con el próximo re-estreno de la temporada en la plataforma digital.

Los pocos contras

Aunque, para ser justos, tampoco podemos olvidar que uno de los problemas de la serie ha sido la trampa que nos tendieron Ryan Murphy y su equipo haciéndonos pensar con el título que se trataba de una miniserie sobre el asesinato de Gianni Versace; nada más lejos de la realidad.

Aún así, tras acabar el maratón que nos propuso la cadena española (¡6 episodios en 2 días!), a quien le importa esa pequeña treta. La vida, y muerte, del diseñador desaparece casi por completo durante el resto del metraje y, realmente, no se hecha en falta. De hecho, sobra. Para mantener algo de coherencia los responsables han ido metiendo algunas referencias a la vida del diseñador (escasísimos minutos por capítulo) que, aunque innecesarias en un principio para la trama principal, han sabido utilizar sabiamente para hacer una comparación mas allá del simbolismo entre la vida del asesino y de la víctima, alfa y omega de esta narración llena de nuevos protagonistas.

Además, el personaje de Versace, contrapunto directo y antítesis total de de su asesino, Andrew Cunanan, sirve para hacer una apología del mundo libre, liberalismo si se quiere, donde se triunfa con suerte y talento y se fracasa con falta del mismo y vacuidad. Se podría sacar toda una tésis antimarxista de las secuencias con el famoso diseñador que no cabría en estas escasas lineas.

Pero aquí queda dicho.

Primera sorpresa

Si la primera impresión que tuvimos es que el verdadero protagonista era el psicokiller Cunanan en lugar del modisto, tampoco eso ha resultado ser cierto al 100%. Capítulo a capítulo, sobre todo en el nudo y desarrollo, el protagonismo va cambiando y viene a ser recogido por las diferentes parejas/víctimas del asesino. Una por episodio. Así, con una inteligente estructura general a base de flashbacks, nos adentramos de lleno en los 90 y la salida del armario definitiva del colectivo gay y, con ello, sus conflictos personales o con la sociedad. Cada una de las víctimas es una arista más para representar lo que supuso ser homosexual en la susodicha década.

Un planteamiento narrativo sorprendente y funcional

Pero además, este planteamiento formal de ir contando la historia del final al comienzo, es una idea soberbia. Al fin y al cabo, todos los biopics o sucesos basados en hechos reales son como las películas sobre Jesucristo; el spoiler está servido antes de verlas y no tiene sentido mantener un suspense basado en algo que, definitivamente, sabemos como va a acabar. Por eso, empezar con el último crimen e ir tirando del hilo, nunca mejor dicho, hacia el origen del monstruo y las razones y circunstancias que lo crearon, así como profundizar en cada víctima como si de un nuevo protagonista se tratase, no puede mas que ser calificado de acierto. El espectador se sumerge en la vida de estos personajes y, poco a poco, desea y acepta el viaje a las profundidades del alma de cada uno de ellos.

Al final nos da igual Versace y su vida privada. O más bien, no nos importa la fama y el renombre de quien cede su nombre al título de la serie. El diseñador no es más que otro personaje, ni más ni menos, que es tratado con ecuanimidad y que solo, como he dicho, es una arista más para comprender el caleidoscopio social que se nos muestra. Es por ello que se entiende que, siguiendo las leyes del mercado y del morbo, hayan optado por darle un protagonismo que no es el real.

No hay decepción, más bien al contrario

Tras los primeros episodios centrados en Versace y el nudo basado en las otras víctimas y la destrucción de la psiquis del asesino en serie, llegan los 2 últimos capítulos. El soberbio y vertiginoso penúltimo episodio protagonizado por el padre de Cunanan, El destructor (Creator/Destroyer), es, sencillamente, una obra maestra.

El arco del personaje principal de la miniserie se cierra de manera magistral y asistimos petrificados a la tragedia familiar que vivió el asesino. Sin maniqueos uno acaba entendiendo, que no justificando, la desastrosa personalidad del criminal. Es justo y necesario destacar todo; dirección, montaje, fotografía, interpretaciones... Todo en estos 64 minutos está a la altura de un guión que daba, por si solo, para película.

Vuelta al espíritu original

Para rematar y congraciarse de nuevo con el espíritu original de la serie llegamos a un trepidante capítulo final que se centra en la desastrosa persecución del criminal y el desenlace de esta. Es aquí donde se vuelven a conjugar 2 realidades, la televisiva o virtual y la de la mundo "real".

Al igual que en la primera temporada asistíamos a ese cambió paradigmático que supuso, al igual que el sitio de Waco, la cobertura que llevaron a cabo los medios del caso O.J. Simpson, en esta presenciamos la continuación de ese fenómeno que abrió las puertas del siglo XXI y que se confirmó el 11-S. De hecho, Waco, la también miniserie recién estrenada por Paramount Network, podría haber sido con otro planteamiento la segunda temporada de American Crime History (y de hecho le debe mucho). Estos acontecimientos sociológicos clave de la década de los 90 fueron un anticipo del futuro que ahora vivimos y cuya confirmación sería, como digo, el 11-S. La vida (y la muerte) retransmitida en directo; la posibilidad de asistir desde nuestro sofá al escalofrío.

Aquí en España, hace pocas semanas, vivimos en directo la desaparición, muerte del pequeño Gabriel Cruz y la captura de su asesina. La serie que nos ocupa cierra la temporada de una manera que casi llega a tesis sobre el fenómeno de la transformación del testigo en espectador o, mejor dicho, del espectador en testigo; con todas las consecuencias a nivel de implicación emocional para el observador que ello conlleva.

Finalón

En los momentos finales es el propio asesino acorralado el que asiste por televisión a su propia captura en directo, dejándonos para la posteridad ese precioso momento metafílmico en el que, como en una buena imagen real e incumpliendo uno de los dogmas cinematográficos más sagrados, el asesino se convierte en víctima del nuevo sistema y mira directamente a cámara y, por ende, a nuestros ojos.

Sencillamente magistral. Como queda también constatado en los últimos melodramáticos coletazos, ya terminando, de la historia de los Versace. En el último plano del montaje Donatella, la pérfida hermanísima interpretada por Penelope Cruz (gracias a dios muy ausente durante todo el desarrollo), queda enmarcada con el rostro de la iconográfica medusa versaciana grabada en un espejo mientras la pareja de Versace, interpretada por Ricky Martin, intenta suicidarse. Sencillamente fabuloso.

Un barco llamado Cabo Machichaco

El 3 de noviembre de 1883 un barco de vapor atracado en la bahía de Santander se incendio llevando un cargamento de 51 toneladas de dinamita del que nadie conocía su existencia. Allí acudieron miles de curiosos a ver el espectáculo sin ser conscientes de la explosiva carga.

Cuando se informó a los espectadores del peligro de la situación nadie se fue. Por supuesto, si no yo no estaría cerrando con esta historia, el barco explotó. Se llevó por delante la vida de 500 personas e hirió a casi 2000. Se encontraron restos del barco y de las víctimas en localidades aledañas a kilómetros de distancia de la explosión.

Medusa se mira en el espejo

La televisión, o más bien el periodismo televisado, es nuestro incendio perpetuo. Yo no se si este incendio será peligroso, pero creo que no nos importa y corremos hacia el como polillas a la luz.