Sin querer estigmatizar a la disciplina, tragedias que involucran a grupos de rugbiers en Argentina se suceden tan frecuentemente que es imposible seguir excusando al deporte y a cómo forma a los jovenes que lo practican. Y este nuevo caso es unejemplo de ello. El 18 de enero de 2020, Fernando Báez Sosa quien, pasando sus vacaciones en Villa Gesell (ciudad costera en Argentina), salió a bailar con su grupo de amigos, sin saber que esa noche sería su última.

En horas de la madrugada, en medio del recital que el cantante de trap Neo Pista brindaba en el local bailable “Le Brique”, se sucede un clásico altercado: un empujón accidental, una “mala” mirada y un trago derramado que bastan para provocar una ira profunda en un grupo de jóvenes oriundos de Zárate que, pasaban la noche en el mismo lugar.

Tras varios intentos de provocación y arrebatos de violencia, la seguridad del local expulsa al grupo de jóvenes de Zarate y a Fernando, quien sale con alguno de sus amigos.

El feroz ataque que nadie detuvo

Fuera, Fernando y su amigo son emboscados por el grupo de rugbiers. Todo sucede muy rápido. Lamentablemente, y según informan varios testigos, en la zona había presencia policial, pero nadie se involucra. Los que están allí sólo observan cómo un grupo de diez jóvenes de entre 18 y 21 años atacan a otros tres en una embestida salvaje.

Quizás es una escena demasiado típica y por eso no sorprende.

Durante el ataque queda claro que el objetivo es Fernando. A sus amigos, a golpes y empujones, los mantienen alejados del joven y no pueden ayudarlo mientras es atacado entre varios: lo patean y lo golpean hasta tumbarlo, pero no les es suficiente. Su ropa está rasgada y la sangre sale de su boca a borbotones, pero los rugbiers no se detienen.

Fernando cae al suelo inconsciente y es entonces que recibe la patada final en su cabeza que lo ultima. Luego, como si nada, los jóvenes se alejan caminando y regresan a la casa que han alquilado para pasar el verano.

La brutal escena fue grabada por varios teléfonos. Una chica, que había intentado detener la golpiza, se acerca cuando los agresores ya se han ido e intenta reavivar a Fernando realizándole RCP.

Para cuando llega la ambulancia, inaceptablemente tarde, Fernando ya está muerto.

De esto hace poco más de una semana y la sociedad argentina habla de ellos: “los diez rugbiers”, “los diez asesinos”, “los diez salvajes”, “asesinato en manada” (que bien puede traer a la memoria el famoso caso de La Manada en España). La noticia incluso ha trascendido los límites geográficos porque, casos como estos recuerdan a decenas de situaciones donde “la manada” aparece como el perpetrador de estos crímenes de odio. Pero ¿odio a qué? ¿Hay odio, o es solo una manera de ser que han naturalizado?

En Argentina los rugbiers tienen cierta fama: fama de violentos, de homófobos, de temperamentales, de “matones”...

Nadie se extraña ni se sorprende de ello. A partir del crimen, el deporte que practicaba el grupo que asesinó a Fernando se volvió el centro de atención con dos posturas casi opuestas: quienes culpan al deporte y quienes quieren sacar a la disciplina de la discusión.

Un patrón cada vez más difícil de ignorar

Porque este caso no es el primero. Solo para citar otros acontecimientos similares recientes en el rugby en toda Latinoamérica y hacer visible la reiteración de estas desgracias: en 2019 unos jugadores de rugby en plena celebración tras obtener un título apalearon a un indigente y en 2017 un grupo de 15 rugbiers le dieron una paliza a un muchacho por salir a defender a su novia del acoso callejero que ellos mismos le estaban realizando.

La cantidad de noticias similares que se pueden encontrar online asusta.

Para muchos, esto no es una coincidencia y argumentan que el deporte que practican estos jóvenes ha de tener alguna influencia en este tipo de comportamientos. Al mismo tiempo, los defensores del deporte señalan que es un deporte que, por el contrario, enseña buenos valores y entereza.

Hay un viejo dicho inglés que reza: “El rugby es un juego de matones jugado por caballeros”, un dicho muy repetido en Argentina, pero que hace un largo tiempo viene perdiendo veracidad.

Dejar de normalizar

El deporte ciertamente es un espacio de formación que moldea el carácter de muchos niños y jóvenes, y es necesario llegar al fondo de la formación y las prácticas que suceden en él para entender qué hay detrás de esta masculinidad tóxica y comportamiento de manada que hace sentir a un grupo de muchachos intocables luego de atacar cobardemente en grupo.

Entonces, más que hablar de la disciplina en sí, habría que hablar de lo que está detrás, la responsabilidad de las instituciones y la formación de las personas que están a cargo de menores, quienes avalan y defienden los ritos e iniciaciones que se dan en muchas prácticas deportivas que parecen solo querer perpetuar un modelo de masculinidad tóxico, pero naturalizado. Mismas personas que, ante un evento como el sucedido, se llenan la boca de palabras vacías condenando el hecho, para luego no hacer nada al respecto.

Quizás detenerse un momento y pensar que tan bien está lo que hacemos sea un paso en la dirección correcta.

¿Qué hay detrás de las pruebas de “hombría” o pertenencia a la que muchos niños se someten cuando ingresan a un club o colegio? ¿Por qué es "necesario" humillar o herir al otro para que forme parte de un grupo? ¿Por qué se defienden los comportamientos agresivos minimizándolos como “juegos de varones”?

Queda en los adultos enseñar experiencias de vida y formativas que moldeen a los niños para evitar que luego, ya crecidos, se conviertan en jóvenes condicionados por un modelo vetusto y dañino. Y es obligación de todos reaccionar y dejar de mirar una situación así como algo “normal”.

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