La energía popular es un fenómeno colectivo, que expande nuestras posibilidades, expande lo pensable y lo imaginable, esto ocurre normalmente cuando los hechos cambian nuestra perspectiva. Muchas veces he pensado que Chile tiene una vocación por realizar lo imposible. Y una maldición: su elite política, una casta político-económica.

En Chile hace unos 40 años esa energía avanzó por las calles, hasta que la dictadura sintió temblar sus cimientos de terror.

Muchas horas bajo el sol se pasaron en esos años, ahí se aprendía a escapar de la policía, a observar antes de seguir a la masa, y a no olvidar cargar unos cuantos limones en los bolsillos. De pronto un día los chilenos encontraron que el sueño estaba a la vuelta de la esquina. Las manifestaciones se volvieron muchísimo más masivas y aparecieron otra vez los partidos políticos en la calle. El pueblo chileno tuvo entonces una visión política.

Tragaron saliva, desfilaron otra vez frente a los cañones de los fusiles, y el 5 de Octubre de 1988, sin perder la calma, volvieron a jugar el teatro de la democracia en un plebiscito. Para las generaciones que la conocían, significaba en muchos casos volver a confiar en aquellos que sabían que les habían traicionado. De ahí en adelante todo fue tener paciencia.

Al día siguiente del famoso triunfo del ‘No a la permanencia del dictador’ en el poder, muchos chilenos se dieron cuenta de que algo no andaba bien, pero perseveraron en su visión política, su estrategia para alcanzar ese codiciado objeto de deseo, en una dictadura: la libertad.

La sociedad chilena

La sociedad ha cambiado mucho, la pobreza no es la misma de antes, el concepto de dignidad es también mucho más amplio, ya no se trata de tener algo para comer, pero todavía una buena parte de la población chilena sigue excluida de condiciones adecuadas de existencia, también de la posibilidad de mejorar su situación económica y cultural. Excluidos del propio sistema al que mantienen, ya que son ellos los que solucionan desde la precariedad de puestos de trabajo que no valen la pena, cara a cara, los problemas que las grandes instituciones y empresas plantean a pie de calle y de sectores sociales que no tienen los pies en la realidad.

Una parte importante de estos excluidos no trabaja en el sistema formal y no trabajan porque no les sale rentable, es mejor negocio formar parte del mercado informal y sus mil peripecias, estrategias y caminos, mercado que realiza por lo demás un aporte real a la economía local, y que es transversal socialmente hablando, no es un mercado de precarios simplemente, es mucho más complejo y poderoso.

Un país con precios del primer mundo y sueldos del tercero

Este sector de la sociedad es un sector que en parte vive precariamente, en parte muy endeudada, y en parte fuera del sistema formal, con una franja de ingresos muy variable y con pertenencias culturales muy diversas.

Atraviesan ese espacio las barras bravas, algunos microempresarios, pero sobre todo gente trabajadora que persiste, pese a todo, en hacer lo correcto, en pagar sus cuentas, pagar el metro, porque su trabajo tiene que alcanzarle, aunque no le alcance, ahí están los profesores y otros profesionales que aunque ganen más que el sueldo mínimo, se ven igualmente superados por las exigencias económicas, que plantea un país con precios del primer mundo y sueldos del tercero.

También están los jóvenes, no solo herederos de la violencia institucional por la vía de sus familias y por ser chilenos, también ellos recibieron la experiencia de otros jóvenes que salieron por primera vez a la calle hace más de 10 años, a exigir una mejor educación y que fueron brutalmente reprimidos por el gobierno de Bachelet.

El combustible de las democracias, que operan con un sistema de partidos políticos es el mismo: la energía del pueblo. El objetivo de los partidos políticos, de derechas y de izquierdas es capitalizar esa energía. El motor para usar ese combustible es un diseño peculiar de cada país: la cultura política. Se supone que los partidos políticos canalizan, representan y realizan las aspiraciones del pueblo, pero desconozco si eso en algún lugar ocurrió alguna vez...

A inicios de la llamada “transición a la democracia”, las personas todavía querían creer que la democracia pondría los puntos sobre las i, que se haría justicia a las violaciones de los derechos humanos y que habría más justicia social, y hasta cierto punto esto ocurrió, pero un poquito nada más. Después, los partidos políticos se cebaron en quienes se había delegado la función de representar al pueblo que luchó en las calles y les permitió regresar a la esfera pública, como reconoció a media Nicolás Eyzaguirre, ex ministro de hacienda, en una entrevista a CNN Chile.

En Chile la inclusión de grandes masas de población a la vida política ocurrió disfrazada de democracia y a costa de promesas y engaños, paralelamente poco a poco, a través de movimientos sociales y obreros muy fracturados por la violencia sistemática desplegada con amparo del Estado o por parte de este, las aspiraciones de estos sectores se fueron haciendo presente en la discusión pública, ese proceso acabó con el golpe militar de 1973, que en el fondo esperaba volver a poner al pueblo en la posición de subordinados.

Nuestra cultura política tradicional tiene un fuerte arraigo en el autoritarismo y en el uso de la fuerza, no en la amenaza de su uso y eso generó mucho miedo. La autoridad es en la actualidad un concepto que las nuevas generaciones cuestionan y claramente desestiman, el mundo ha cambiado y las viejas estrategias ya no sirven, las generaciones nuevas no tienen miedo pero si mucha rabia.

Ausencia de visión política

Cuesta entender qué tiene el Presidente de la República de Chile, Sebastián Piñera, en la cabeza en este momento. Lejos ha quedado la jocosidad que producía su ignorancia y brutalidad natural, que incluso son antologizadas en las ‘piñericosas’. Se ha permitido el lujo de mantener el país prácticamente detenido nueve días y aún no se ve la puerta de salida al conflicto social. Y todos están perdiendo dinero en Chile, no solo los poderosos. Y esto es muy interesante, pues necesariamente significa que para desafiar al pueblo chileno, el gobierno si tiene presupuesto. Cuesta entender que un líder político, al menos debe ser considerado así por el cargo que ostenta, desconozca no sólo la personalidad del pueblo que gobierna, sino también la sintonía de los nuevos tiempos.

La discusión se intentó centrar desde el primer momento en la violencia, como es predecible en la sociedad neoconservadora que se busca imponer; una sociedad mediada por una prensa que se escandaliza al mismo tiempo que legitima y ejerce la violencia. El presidente en concreto y todo su sector político adolecen de una verdadera obsesión con el partido comunista y frente amplio, les culpan por la violencia en las calles, como si estos tuviesen poderes sobrenaturales, y uno se pregunta si esto ocurre por simple desconexión con la realidad o si entre ambos se están montando un negocio.

El viernes 25 por la mañana, a una semana del estallido de los conflictos, Sebastián Piñera aparece más ponderado en sus acusaciones, tomando desayuna rodeado de ancianas. Ya no habla de un enemigo poderoso, ni de una guerra, sino de pequeños grupos violentos. Al día siguiente ya se hará parte él mismo de la enorme manifestación ocurrida e intenta bajar los ánimos de la gente pidiendo perdón por no haber escuchado antes.

No quiere entender que la ciudadanía ya no cree en los partidos, porque el chileno promedio entendió que los partidos políticos evolucionaron de coaliciones a colusiones. Tampoco va a cambiar nada que traiga a Bachelet para el conteo de víctimas sino que, al contrario, las personas empezarán a sospechar que le empezó a hacer la campaña electoral para su regreso a La Moneda.

Todos sabemos que la violencia forma parte de los movimientos sociales, esto no es ninguna novedad, además proveen de una oportunidad para grupos que buscan realizar desmanes. Tampoco son un misterio las nuevas coordinaciones de la violencia a escala global, y cómo se han fortalecido los grupos antisistema, entonces por chocante que sea ver el metro destruido, eso no es la noticia del momento. Han sido días complejos, en los que el fantasma de la dictadura se ha paseado libremente por las calles, y ya no asusta tanto...pero va dejando una estela de muerte, de heridos y de abusos a su paso, que probablemente no se acaben con el levantamiento del estado de emergencia, ocurrido ayer a medianoche.

El futuro de Chile

¿Será que estamos en un horizonte político en el que se repetirá eternamente el golpe de estado bajo la forma de un simulacro de democracia?

¿Lo que adolece Piñera es en realidad ceguera política, o es simplemente que su ambición política no supera su miedo a ser rechazado por su grupo? Qué clase de vínculos lo obliga a mantener su lealtad hacia personas tan repudiadas por la sociedad chilena, como Chadwick?

En mi opinión esta puesta en escena, cuya estrella ha sido el “Estado de Emergencia” y su coprotagonista el “toque de queda”, representó una obra anacrónica, que no tuvo el efecto deseado en la realidad, si no aumentar el conteo de víctimas, victimas que después del reparto de ellas como moneda simbólica, los civiles para la izquierda, los militares para la derecha y un poquito de ambas para el centro, a la larga solo fracturan aún más la ya fracturada sociedad chilena, y aumentan la rabia.

Esta pequeña representación del golpe de estado en democracia, que la derecha llevaba años soñando en volver a poner en cartelera, y amenazando con hacerlo, acabó con poco público en la sala. El gran final, ese en el que las fuerzas armadas restauraban el orden del país, no sucedió. En su lugar llevan 2 días recogiendo la basura de las manifestaciones y los desmanes para la televisión. Y todo hacía prever que esto continuaría todo el fin de semana. No tuvimos oportunidad de ver al ejército enjabonar el caballo del general Baquedano, imagen metafórica de algún futuro, pero tuvimos un broche de oro, un ejército de cristianos y gente de buena voluntad, borrando la memoria de la enorme manifestación del viernes, plasmada en los muros de la ciudad. Lo hicieron apoyando el movimiento y pensando que limpiaban la ciudad.

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