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Forcejeando en una disputa de cosquillas con mi pareja el teléfono móvil se me termina cayendo al suelo y la parte frontal se golpea contra el suelo, haciendo un sonido de "crashhh". Inmediatamente el corazón se detiene, la adrenalina se apodera de mí cuerpo y lentamente comienzo a agacharme para levantarlo. A medida que empiezo a alzarlo veo las quebraduras en la pantalla y el display ya está más oscuro que una noche invernal.

Mientras que intento apagar el móvi [VIDEO]l la vida se pasa ante mis ojos. ¿Cómo voy a hacer para hablar en mis grupos de whatsapp? ¿Qué voy a hacer si no puedo subir fotos a instagram? ¿Y si no puedo volver a twittear por un tiempo?.

A la incertidumbre se suma el enojo y la recriminación por no haber sido más cauto al agarrar el teléfono. Siento más ira que cuando mis equipos favoritos pierden o cuando salgo mal en los exámenes.

En otras épocas cualquier persona sensata (inclusive quien escribe este relato) hubiera dicho que no es para tanto, que es solo un aparato. Sin embargo, es un momento de la historia en el que la tecnología está con nosotros todo el tiempo y que nos sigue como las sombras a los seres humanos.

Sobreviviendo a mansalva

En las primeras horas mi cabeza se llena de preguntas que ni mi propia razón podía contestar. La inquietud por tratar de entender qué hice mal me invade. "En qué preciso momento se me resbaló de las manos" me decía a mi mismo. ¿Será que alguien me podrá arreglar la pantalla? ¿Cómo le digo a la gente que no tengo más mi móvil?.

La ansiedad se mezcla con desesperación, a la vez que busco comunicarme con mi jefe para avisarle que estoy bien y que podré ir a cubrir el partido al que fui asignado.

Conforme sigue el tiempo, la vida parece más aburrida sin poder ver fotos de mis conocidos o enterarme de lo que pasa en el mundo a través de twitter. “Estoy encerrado e incomunicado como en el Domo de Stephen King”, pienso. Lo que antes conocía parece algo lejano y solo me queda consolarme en Facebook viendo fotos de gente mayor, que invadió esa red social en cuestión de años sin que ningún joven se diera cuenta. Trato de ver una película, de hablar con la gente que tengo a mi alrededor, pero en lo único que pienso es en el percance que conllevó la pérdida de mi tan amado móvil.

Al caer la noche estoy un poco más tranquilo, encuentro consuelo diciéndome a mi mismo que las desgracias pasan, que es solo algo material. Me calmo viendo partidos en la computadora y comiendo para pasar la ansiedad. Todo está un poco mejor.

Sin embargo, a la hora de dormir el ritual de acostarme a chequear por última vez las redes sociales es imposible de llevarlo a cabo y otra vez, comienzo a extrañar a mi teléfono móvil, sintiéndome como alguien cuando termina una relación, vacío, con la sensación de que algo le falta a mi vida.

Luego, me propongo tratar de dormir para no pensar… Para olvidar.

Desolación por doquier

Cuando me despierto pienso que tal vez fue todo una pesadilla, que mi teléfono móvil está igual que siempre y que voy a poder quedarme acostado en la cama por cinco minutos más viendo Instagram y Twitter. Sin embargo, al agarrarlo noto que la pantalla sigue averiada y esta vez me invade un desasosiego que arruina todo mi día. “¿Es este el fin?”. me pregunto. Histérico y enojado intento hablar con mi novia por Facebook y me siento de la prehistoria. Así no se puede estar, esto no es vida.

El día no se detiene, intentó pensar con mi novia cómo hacemos para encontrarnos en la parada de colectivo después de clases y tras varias suposiciones, quedamos en cruzarnos a las 14:30. Al llegar a la facultad el profesor se demora, no conozco a muchos de mis compañeros y al no poder hablar con nadie me urge la necesidad de navegar en instagram y twitter otra vez.

Como no puedo hacerlo me pongo a observar a la gente que pasa por la calle, sin prisa pero sin detenerse la mayoría de ellos circulan con el móvil como si fuera otro dedo más de su mano. "¿En qué momento nos volvimos tan dependientes de un aparato que parece satisfacer todas nuestras necesidades?", pienso.

Finalmente llega el profesor y comienza a dar al instante su clase. Mientras nos habla de filósofos contemporáneos como Focault la mayoría de los alumnos tratamos de descifrar "la historia de la sexualidad". La exposición pasa más lenta que una tortuga cruzando la calle, pero al no tener el celular como distracción lo que dice el profesor se entiende mucho mejor, los jeroglíficos que expresaba Michel ya no parecen tan alejados de mi propio razonamiento y todo encaja como las piezas de un rompecabezas.

Al terminar la clase me voy a encontrar con mi novia y decidimos ir a tomar un café. Nuevamente, la charla se hace más interesante sin la necesidad imperiosa de revisar el móvil cada cinco o diez minutos. Escucho atentamente lo que me dice y nos reímos todo el tiempo. Presto más atención a los detalles, a la forma en que se tapa la boca para comer su medialuna o el hoyuelo que se forma en el lado derecho de su boca cuando algo le resulta gracioso. También noto como sus lunares recorren la mayor parte de su cuerpo formando una constelación.

Luego de una fructífera tarde de relaciones interpersonales llego cansado a mi casa, miro un partido en la computadora y me acuesto en la cama sin refunfuñar. Esta vez no pienso en el móvil, agarro un libro de Charles Bukowsky y lo disfruto página por página hasta que el sueño golpea la puerta. Me tapo y me acuesto. “Fue un día productivo”, me digo a mí mismo. No me falta nada, no siento vacío. Todo está un poco mejor.

Todo está un poco mejor

A las ocho de la mañana me levanto sin alarma. El culpable fue el sol que aparece de frente en la habitación. De inmediato comienzo a hacer el desayuno y luego, me siento en la mesa del salón a leer para el examen que debo hacer en un par de semanas. Las horas pasan y pasan como si fueran minutos hasta que cuando me doy cuenta se hicieron las diez. No puedo creer que estuve estudiando dos horas sin levantarme. Inmediatamente comienzo a tomar noción de cómo el móvil afectaba el rendimiento en todos los aspectos de mi vida en el pasado, obligándome a cada minuto a chequearlo.

Tras estudiar todo el día, vuelvo a la cama, comienzo de nuevo a leer las páginas escritas por el gran Bukowsky y pienso en la cantidad de horas que perdí utilizando el teléfono móvil en vez de hacer otras cosas más productivas. Nunca más me va a volver a pasar esto le cuento a mi consciencia. Antes de acostarme pienso en que la utilización del móvil no puede ser vista como una mera costumbre, se lo podría considerar una adicción. ¿Cuánta gente podría estar sin él, incomunicado por unos días?.

Todos necesitamos un teléfono móvil para comunicarnos, para repasar las tareas del trabajo o para ser ubicados por nuestros pares. La vida sin él no está concebida por nadie, éste llegó para quedarse y no piensa irse a ningún lado. Lo único que queda es intentar minimizar su utilización y evitar que se apodere de todos. Usarlo lo justo y necesario sin dejar de lado las relaciones personales, disfrutar un buen café con la pareja o leer un buen libro antes de dormir. Porque la felicidad se encuentra en esos pequeños momentos, en esos lugares en donde somos felices, donde nos sentimos vivos.