Corrían los años 70 y la capital siciliana había sido asolada por la violencia patrocinada por el ascenso de los dos clanes mafiosos más poderosos del momento, los encabezados por Corleone y Stidda. La sociedad vivía una realidad manchada de sangre, donde la muerte estaba a la orden del día y el terror pasó a ser un elemento más en el ambiente.

Aquella fue la época en la que Letizia Battaglia, una joven periodista con una vocación más bien dirigida hacia la fotografía, pasó a formar parte de la redacción de L'Ora, periódico de ideología izquierdista.

Battaglia, que ejercía su función en Palermo, recorría las calles más angostas de la ciudad en busca de los estragos que la lucha entre bandas estaba dejando a su paso. El resultado estaba repleto de escenas criminales sin ningún tipo de filtro. La fotógrafa contaba recientemente en una entrevista a Vice, cómo podía llegar a encontrarse hasta cinco cadáveres en una sola jornada, abandonados a plena luz del día, y que pertenecían tanto a políticos como a prostitutas, pasando por miembros de la propia mafia o incluso a niños.

La periodista se convirtió de esta forma en testigo de una realidad que estaba siendo deformada y suavizada en el cine o la literatura. Tenía la impresión de que la sociedad, en especial la norteamericana, sentía respeto y admiración hacia lo que al fin y al cabo era una organización criminal que robaba, extorsionaba y masacraba. Battaglia comenzó a capturar a partir de ese momento, toda aquella imagen que reflejase lo que Sicilia vivía, algo completamente alejado del glamour que Hollywood le había adjudicado.

Tras diecinueve años cámara en mano, Letizia reunió más de 600.000 fotografías, compilación a la que ella llama "archivo de sangre". Su trabajo sirvió como ventana para que el mundo comenzase a cambiar una concepción errónea, pero también ayudó a destapar vinculaciones como la que existía entre el primer ministro italiano Giulio Andreotti y el capo Nino Salvo. Esto se supo a través de una de la miles de instantáneas a las que la policía recurrió en el año 1993, y a pesar de que había prueba gráfica, el político negó por completo haber conocido nunca al mafioso.

Este es solo uno de los muchos casos en los que el estilo de Battaglia ejerció de voz para una sociedad que no concebía un sistema político que no estuviese profundamente ligado a organizaciones criminales.

La fijación de la fotógrafa por la mafia y sus actos, acabó en 1992 con el cierre del periódico para el que trabajaba. Ese mismo año, la Cosa Nostra asesinaría a dos jueces que se encontraban entre sus máximos enemigos, y por ello fueron acusados y encarcelados siete cabecillas de la banda.

De este modo, se puso fin a la era de extrema violencia con la que los sicilianos llevaban más de dos décadas conviviendo. Aún así, desde entonces nadie se atreve a cantar victoria ya que estos grupos continúan delinquiendo de forma clandestina, siguiendo unas estrictas pautas de discreción.

Letizia también sigue tomando fotografías. A sus 81 años, ha dejado de lado las que fueron sus fuentes de inspiración durante las décadas de los 70 y 80, para encontrarla en chicas jóvenes.

Ahora se centra en captar en sus rostros las expresiones de pasión, ilusión y fuerza con las que tan identificada se sintió durante su época en batalla.

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