Cuando el pasado lunes (11 de marzo) el padre Bonifacio Porres abrió el Sagrario se quedó estupefacto: los dos copones con las hostias consagradas habían desaparecido. La misa de las siete de la mañana no pudo terminar con normalidad ese día en la Iglesia de la Trinidad de Antequera. La noticia rápidamente cundió por la ciudad de El Torcal y ha sido confirmada oficialmente en Diócesis Málaga (DM), web del Obispado malacitano.

Investigación abierta

Los hechos, informa el portal diocesano, han sido puestos en conocimiento de la Comisaría de la Policía Nacional de la ciudad, que ha abierto la correspondiente investigación. No obstante, el también trinitario padre Ángel García Rodríguez no ha tardado en manifestar el "ruego a los ladrones de que devuelvan a la parroquia los copones y se arrepientan del robo de formas sagradas".

Según señala DM, "el robo de hostias que han sido consagradas por los sacerdotes en Misa es para las comunidades cristianas una profanación de extrema gravedad y ofende profundamente la fe católica, que reconoce en ellas el Cuerpo de Cristo, la presencia real de Jesús, el Hijo de Dios".

Robo de imágenes del Niño Jesús en 1995

Hacía tiempo, 24 años (1995), que la Comunidad de Trinitarios no sufría un sobresalto de este tipo.

En julio de ese año también hubo una desaparición notable: cuatro imágenes del Niño Jesús fueron sustraídas de uno de los altares del templo. Las piezas eran un Niño bendiciendo (siglo XVII); un Niño Pasionario (siglo XVIII), obra del escultor antequerano Miguel Márquez García; una talla de San José y el Niño, de Andrés de Carvajal (autor de la famosa y venerada talla del Cristo del Mayor Dolor), y otro Niño, anónimo, del siglo XIX. A pesar de los esfuerzos policiales las imágenes no volvieron a la iglesia hasta pasados siete años. Y de un modo muy peculiar.

Secreto de confesión

En 2002 se anunció que las imágenes habían sido devueltas. Alguien contactó por teléfono con un párroco de Málaga para hacerle saber que iba a recibir las imágenes robadas en templo en 1995. En pocos días llegó a manos del sacerdote una caja, en cuyo interior, envueltas en plástico, estaban las figuras. Ni en aquel momento ni aún hoy se sabe la identidad del cura, que prefirió mantener el anonimato y se escudó en el secreto de confesión para no desvelar más de lo necesario, ni mucho menos del autor o autores del robo.

Una detalle curioso es que las vestiduras de las imágenes, que no presentaban desperfectos, no iban incluidas en la devolución, si bien se destacó que eran estas de escaso valor. Una hipótesis que se barajó fue que la sustracción se debió tal vez a que alguien quiso disfrutar en exclusiva de ellas durante ese tiempo. Sea como fuere, volvieron a la Orden Trinitaria, especializada antiguamente en la redención de cautivos y ahora dedicada a la reinserción de expresidiarios.

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