La rutina se abre como un telón ante nuestros ojos, y la vida se ofrece aburrida ante nuestra expectativa aumentada. Varias personas se han compuesto un vida alejada de toda la decepcionante mancha de la existencia, se sienten cómodos en la piel virtual de un personaje, un nombre que no les pertenece lo hacen suyo y viven una vida de fantásticas aventuras, con otras personas que buscan una inclusión exitosa en un mundo “aceptable”.

El escape digital – ya sea dentro de una plataforma o con un videojuego – es una actividad tan común como asistir al cine, o a una cena en el restaurante, uno se pone un traje y actúa en dentro del entorno.

Asimismo esta muda tejida de pixeles se nos ofrece venturosa, para una noche fuera de la realidad.

Este abismal temor, que va creciendo a falta de una comunicación de frente, va creando paralelismos en lo referente nuestra manera de transmitir mensajes. Las barreras crecen inesperadamente y el canal comunicativo se limita a las tecnologías, toda palabra pasa por una serie de filtros, para malentender lo dicho, aunque se atiborre de emoticonos dicho mensaje. Los campos van cerrándose, y al final también buscamos interactuar de la misma forma, en un espacio donde el yo real queda relegado en segundo término, por las condiciones del sistema o de la aplicación. El contacto es autorizado y magnificado por otro yo, que posee características predefinidas, no naturales.

En este punto el usuario puede rechazar ser quien es en el exterior, para engañarse con un el sujeto ficticio, porque encuentra un sentido efímero, en el universo en que se desempeña como personaje.

¿Influencias irreales?

Muchos de nosotros nos dejamos atrapar por imágenes, buenas críticas sobre comidas y lugares para el entretenimiento.

En cierta forma esta exhibición de opiniones, nos ayuda a dar el primer paso para decidir qué hacer o a dónde ir. Definitivamente hay cierta influencia sobre el público, y a su vez nuestras amistades y familia también ejercen de alguna manera una reflexión – equívoca muchas de las veces – sobre lo que pasa con nosotros. Pero que un personaje ficcional, sea quien nos influencié es algo fuera de este mundo.

Revelando al avatar

Lil Miquela es una influencer, en distintas redes sociales, lo que muchos no tenían en cuenta, es que esta exitosa influenciadora, no es real. Muchos usuarios se daban cuenta de que en verdad era una influencer digital, pero es tan fuerte la penetración de los medios tecnológicos, que hay personas que no disciernen entre realidad y el delgado velo de la virtualidad.

Es penoso, para quienes apenas lo acaban de descubrir. Más allá del peso que una fantasía pueda tener sobre nuestra vida, buscamos contacto humano con humano, aprender a distinguir que nuestra realidad, está plagada de multiformas irreales, es un logro para llegar a una convivencia con nuestros semejantes, sin excesiva carga mediática.

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