Los misterios de la vida y de la muerte son algo que acompañará a un ser humano lo largo de su existencia. Cada uno de nosotros – alguna vez – hemos sido tentados por pruebas de resistencia, donde el dolor – tanto físico como mental – parece hacernos sucumbir, pero que a pesar de lo indolente de algunas situaciones, seguimos avanzando por muy fuerte que llueva, en los días más soleados. Buscamos una respuesta y finalmente encontramos una afirmación positiva de nuestro propio existir.

Cuando estamos enfermos o no tenemos claridad emocional, tendemos a invocar la muerte, quizá para apaciguar nuestra desesperación en tiempos oscuros.

Nadie con una vida – todavía con posibilidades de ser vivida – desea a un morir, solo es el alma hablando de un eco que también le pertenece tanto al cuerpo, como a ella misma. Un eco que vendrá a dejar una última palabra de nuestro paso por el mundo.

El adiós decidido en vida

David Goodall es un científico – ecologista y botánico – que ha pretendido terminar con su vida de manera digna, a pesar de que no sufre ninguna enfermedad a sus 104 años, esto no le impide expresar lo cansado que está y prefiere despedirse adecuadamente de sus seres queridos.

Uno de los motivos por los cuales quiere suspender su existencia, es que ya no puede valerse por sí solo, mencionó su descontento por no poder llevar una rutina a esta edad: “No soy feliz. Quiero morir.

No es particularmente triste. Lo triste es que me lo impidan”

La muerte asistida es legal en un estado de Australia – donde radica actualmente – sin embargo, David tendrá que viajar a Suiza para morir, porque en su país solo es permitida la eutanasia, si la persona sufre una enfermedad terminal.

Una vida poco apropiada

A sus 102 años, David convenció a las autoridades de la Universidad Edith Cowan, para seguir laborando en el campus de la Universidad – Perth –.

Él trabajaba como investigador, y aunque no cobraba un sueldo – siendo que se había retirado en 1979 – siguió comprometido en su área de investigación –.

El problema comenzó cuando la Universidad, declaró estar preocupada por su seguridad, ya que tenía viajar 90 minutos para llegar a la oficina. David realizo una vez más la petición de continuar como miembro activo, como respuesta, la institución le obligo a laborar en un lugar más cercano a casa.

Poco a poco David fue obligado a dejar de conducir, y de igual forma también le obligaron a dejar la actuación. Estos cambios fueron para él un golpe duro, y ya no se sentía contento. La decisión de poner fin a su vida no fue a la ligera, ya que la gota que derramo el vaso, fue la caída que sufrió Goodall en su apartamento el mes pasado. Tardaron dos días en hallarlo, pero lo que más le golpeo el orgullo fueron las recomendaciones del médico, ya que tenían que cuidarlo las 24 horas del día. A raíz de todo lo ocurrido David tomo la decisión de continuar como un ser humano íntegro y decirle adiós a este mundo, mientras su dignidad sigue intacta.

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