Siempre ha existido una especie de leyenda negra en torno al hijo único. Según muchas personas, el hijo único será caprichoso, frágil, indolente, insolidario, incapaz de adaptarse a la sociedad,… En el mejor de los casos, está destinado a convertirse en un adolescente triste y solitario; en el peor, un joven expuesto a peligros.

Ante esta idea [VIDEO], muchos padres experimentan una cierta sensación de angustia e inquietud al pensar en la educación y el porvenir del pequeño.

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Si el hijo único se debe a problemas de salud de la madre o esterilidad secundaria de uno de los miembros de la pareja, es posible que lleguen a tener un sentimiento de culpabilidad.

Si la decisión de tener un solo niño ha sido tomada voluntariamente, oyendo las tristes consecuencias que eso puede acarrear, la pareja puede sentirse en la obligación de aumentar la familia. Es decir, tendrán otro hijo no por propio deseo sino para asegurar la correcta educación del niño. Y esta educación si puede acarrear graves problemas. Hay que tener en cuenta es que la personalidad se los hijos, sean uno o cuatro, dependen en gran medida de la educación, el apoyo y el cariño que los padres puedan proporcionarles, y esto es más fácil si el o los hijos son frutos de un verdadero deseo de tenerlos.

Inteligente y responsable

El hijo único crece en un ambiente de adultos y sus modelos de identificación son siempre gente mayor. Esto ocasiona que cuando sea un adulto adquiera fácilmente las responsabilidades y un alto grado de madurez, lo que se refleja, sobre todo, en un notable desarrollo lingüístico.

Suele ser un joven responsable, consciente [VIDEO]de sus obligaciones y en la mayoría de los casos inteligente y competitivo.

Tal vez, el mayor inconveniente del hijo único sea esa madurez que adquiere precozmente y que le impide disfrutar de las vivencias infantiles con plenitud. Él es el único receptor de las expectativas familiares, así como también de sus angustias y temores.

Príncipe o tirano

El verdadero problema del hijo único radica en los padres. Si estos son sobreprotectores, si tratan al pequeño como si fuera la única persona existente en el planeta, es muy fácil que se convierta en un caprichoso tirano. Cualquier niño es el príncipe de la casa, pero depende de los padres el que este resulte un monarca absoluto.

Si los padres abren la puerta a los amigos y a los hijos de estos; en definitiva, si facilitan al pequeño la posibilidad de relacionarse con los demás, el hijo único no tendrá ningún problema. Aprenderá a compartir sus cosas, a defenderlas, a regalarlas cuando sea conveniente; sabrá que son los celos, la envidia, la amistad, el cariño, y será capaz de adaptarse a la sociedad exactamente igual que cualquier otro niño.