El kéfir puede ser un gran aliado para nuestra salud, pero se debe tener en cuenta que hay que cuidarlo, tratarlo con mimo, para que los resultados sean los deseados.

También conocido como yogur búlgaro, es un producto dentro de los lácteos que se parece mucho a un yogur líquido, aunque tiene una serie de propiedades que son capaces de restablecer nuestra microbiota o también conocida como “flora microbiana”.

Se obtiene gracias a la fermentación de la propia lactosa con la ayuda de una serie de bacterias y hongos que acaban dando el ácido láctico, CO2 y un porcentaje de entre un 1-3% de alcohol, algo que hay que tener en cuenta si no se puede o no se quiere tomar alcohol.

El uso se ha hecho tan habitual que no es extraño encontrar kéfir en los supermercados, aunque el consumidor debe tener cuidado con la composición.

El kéfir se caracteriza por tener un sabor más ácido en comparación con el yogur más tradicional, el de toda la vida, y muchos fabricantes apuestan por añadirle azúcar (lo que es un auténtico error) para que no sea tan ácido para el consumidor medio. Lo más recomendable es, si se conoce a alguien que lo tenga, pedirle que te de un poco y así fabricar el tuyo propio

Para poder fabricar nuestro propio kéfir vamos a necesitar los nódulos o la especie de gránulos que tienen un aspecto muy similar al de una coliflor aunque más gelatinosa y blandita.

¿Cómo se puede hacer kéfir de leche?

Se van a necesitar cuatro cucharadas de “granos” de un kéfir, más un cuarto de litro de leche. Después, algún tipo de material que sea 100% transpirable para poder cubrir la parte superior de dos tarros, un bol (muy importante: no puede ser metálico), una cuchara que sea de madera y un colador (igualmente, que no sea metálico).

Pasos a seguir

1. Esteriliza bien los tarros.

2. Los granos podrían estar deshidratados por lo que lo mejor es seguir las instrucciones del vendedor. Si están en agua, solo tienes que colarlos.

3. Pon un total de cuatro cucharadas soperas de los granos de kéfir en uno de los dos tarros.

4. Hay que llenar los tarros con leche.

5.

Se ajusta el material transpirable a la parte superior del tarro.

6. Se pone el tarro en un lugar donde le llegue la luz del sol, de manera directa, durante un período de 24 horas. Importante: hay que agitar el tarro cada poco tiempo.

7. Colamos el kéfir con la ayuda del colador (no metálico) en otro tarro.

8. Se transfiere el kéfir resultante en un tarro que esté limpio. Hay que olerlo y probarlo. Si tiene buen aspecto, se cierra el tarro siempre con una tapa que no sea metálica y se mete en la nevera.

9. Se transfieren los granos que se han quedado en el colador a otro tarro. Se repite el proceso para hacer más kéfir o, si no, se cubre solo con leche y se guarda en el frigorífico.

10. El kéfir nunca huele mal ni sabe extraño. Si eso pasa, tira el líquido, limpia bien los granos con un colador no metálico y con agua mineral. Empieza el proceso desde el principio.