Parece ser que el tema del COVID-19 se quedará muy patente en la sociedad durante los próximos meses. Hace poco la mayoría de los ciudadanos de los lugares que entraron en fase 1 ya pudieron disfrutar de las terrazas en las cafeterías y bares, apareciendo fotografías e imágenes de personas que abarrotaban de nuevo las terrazas para tomar su bebida preferida. Esto ha causado mella en la mayoría de ciudadanos que han cumplido su confinamiento. Actualmente muchas personas se preguntan por qué arriesgarse a perder la seguridad general que se ganó con la disminución de contagiados y fallecidos. Al Coronavirus le llaman todavía el virus invisible, pero pocas personas se asustan tanto como al principio.

Puede ser que sean las cifras o el deseo tan animoso de volver a abrazar, conversar... Existan en más personas que piensan si realmente pesa más esto (que se podrá vivir en cualquier momento) que la responsabilidad. La vacuna del COVID-19 está realmente lejana y mientras aún se convive con las noticias que van hablando de la evolución de la pandemia en otros países, de las terapias que se están llevando a cabo etc...

El lejano recuerdo del confinamiento

Sin embargo, la mente piensa. Cada vez que se ve una terraza llena se pueden empapar en los recuerdos que causaron el COVID-19. De las frías calles al comenzar la mañana vacías, del silencio, del miedo palpable cada vez que alguien se asomaba al balcón, de la incertidumbre, de la amenaza a la vida, de las palomas hambrientas buscando migas en las terrazas vacías, del miedo a lo desconocido, del miedo a no poder proteger a los tuyos, el hastío de la distancia de aquellos que quedaron separados, de las lágrimas de los que se sintieron solos, de los lloros de aquellos trabajadores que quizás no tuvieron nada para echarse a la boca y de la indignación por ver cómo otros asaltaban los supermercados.

Pero como el bien siempre convive entre el mal y ambos son ying-yang al igual que la noche al día, también hay personas que se acuerdan del amor infinito entre familias, del disfrutar de la convivencia juntos... sobre todo para los niños que se sintieron más queridos y protegidos que nunca.

La revolución social y personal después del Covid-19

El COVID-19 ha sido una revolución personal, una revolución social, pero pocos se atrevieron a verlo.

Porque adentrarse hacia dentro produce una transformación que puede dar miedo. Porque dentro habita la realidad de quiénes somos realmente, de lo que hemos vivido y no hemos superado o lo que sí hemos superado, las verdades, debilidades y miedos más profundos.

Todo esto se puede aprovechar para ser mejor, para aumentar el civismo. Pero de poco sirve si solo se cree en las leyes personales y se busca el narcisismo así como el egocentrismo.

Las relaciones personales sí podrían ser mejor pero solo contemplando al otro desde el entendimiento y la comprensión. Muchas veces fomentando la educación en el respeto real, se crearían menos estados de amenaza para aquellos que sí están respetando los protocolos.

Pensar desde la satisfacción personal es común... por eso en el camino se pueden llegar a dejar atrás los deseos y esperanzas de otros... Un cambio social a mejor (se preguntan muchas personas)... mientras no haya esa retrospección y generosidad, no será posible... porque el mundo seguirá girando al ritmo de la mayoría, de lo que se ve, de lo que "parece que es genial" Mientras se piense con la ansiedad, también se alimentarán los conflictos, haciendo que pocos sean los beneficiados, pudiendo vivir segundas olas de contagios y descontentos generales.

Por otro lado, muchos piensan que el causante de toda la ansiedad general es el comercio, las ganas de ocio, la necesidad de abrir la economía a toda costa. Muchas mentes intentan descifrar si se podrá vivir bien respetando las medidas generales de salud.

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