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Netflix. Ese invento del entretenimiento que revolucionó la manera de ver Series, ese invento que cambió incluso nuestro día a día, ese invento que nos incita al sedentarismo, que nos incita al vicio, que nos impide parar de ver y ver más capítulos y capítulos… Es una fábrica de ficción, una fábrica de sueños y aventuras. Ahora bien. Netflix fabrica productos nuevos casi a diario. Tantos, que es casi imposible consumirlos todos. Además, a eso se le suma todo el contenido que importa de otras cadenas. Sin duda resulta difícil no escapar del aburrimiento si tienes tu cuenta.

La pregunta es: ¿cuánta calidad tiene lo que hace Netflix? Alguien me dijo un día una frase que quizás defina bien lo que es la plataforma: "es la comida rápida de las series".

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Pero… ¿Lo es? Es un debate aún pendiente, pero una cosa está clara: hay contenido muy variado, y quien piense que solo nos ofrecen series y películas comerciales y vacías está equivocado. Hemos visto que este año “Roma” ha sido nominada a 10 Oscars, e incluida en la categoría de mejor película.

Y en un momento en el que surge el enfrentamiento entre aquellos que defienden que el lugar de las películas está en el Cine y aquellos que apoyan que su nacimiento puede darse también en la pequeña pantalla, Alfonso Cuarón (director de Roma), da unos argumentos muy demostrativos. El cine independiente, y sobre todo el extranjero, apenas tiene una corta existencia en las salas de cine, y este tipo de plataformas logran que llegue a más rincones y personas.

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Punto para Natflix. Pero vayamos más allá de eso. Hay series que merecen ser analizadas y una de las últimas es Bodyguard, tan elocuente en nuestros tiempos.

Bodyguard y su éxito

Hace poco, los Globos de Oro otorgaron su premio a mejor actor en drama a Richard Madden. Madden es conocido por haberse metido en la piel de Robb Stark en Juego de Tronos. Sin embargo, el galardón más prestigioso le ha venido años más tarde y por otra serie de mucho menor calado en el público: Bodyguard, una serie de la BBC británica y es distribuida por Netflix.

¿Pero por qué es interesante? Madden interpreta a un exmilitar británico, David Budd, que al servicio de la policía metropolitana es el encargado de proteger a la ministra del interior, Julia Montague. El pánico que siembra el terrorismo islámico activa todos los motores de actuación en los políticos británicos.

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Las medidas adoptadas inevitablemente son sometidas al cuestionamiento moral. En concreto, una ley propuesta por la ministra es la que plantea mayor debate. Otorgar más poder a los servicios secretos y a la policía, endurecer las actuaciones y permitir la inrusión en la privacidad de cualquier ciudadano con el objeto de lograr la mayor seguridad nacional posible. Seguro que esta historia nos suena. Un golpe de terror es suficiente para empezar a desconfiar de cualquiera.

Nos replanteamos qué es lo que se debe hacer, qué medidas adoptar. ¿Pero hasta dónde estamos dispuestos a ceder? ¿Es lícito que cada mensaje que enviamos o cada llamada que hagamos pueda ser escuchada? ¿Aceptamos que en cada calle haya cámaras grabándonos? ¿Hasta qué punto este tipo de actuación de los servicios secretos y la policía es beneficiosa para la sociedad? Quizás nos haga sentirnos más seguros o quizás perseguidos.

La serie muestra que curiosamente los atentados nacen dentro del país, de sus propios ciudadanos. No es una invasión externa. Es la propagación de una idea lo que moviliza todo. Y ese es el motor que moviliza todo este tipo de medidas de espionaje. Se necesita saber dónde se origina y cómo se expande.

El fin del bueno y el malo

Afortunadamente, en la época dorada de las series de televisión, las reglas han cambiado. Los personajes han dejado de ser simples peones del bien y el mal. Ahora predomina la complejidad, los matices, los conflictos internos, conflictos externos, deseos conscientes y deseos inconscientes. Su mayor humanidad los hace mucho más atractivos y da al espectador una mejor oportunidad de empatizar y ponerse en su lugar. El guionista de esta serie, Jed Mercurio, sabe exactamente cómo funciona un buen guion y ha introducido todos los ingredientes necesarios para ello. Una razón por la que esta serie llama la atención es por la cantidad de personajes femeninos que ostentan un gran poder. Si bien el protagonista es un hombre, puestos policiales o políticos están ocupados por mujeres.

Julia Montague es un personaje de lo más llamativo. Es necesario sumergirse en su profundidad. Ministra del Interior, una de las personas más poderosas del país, maneja los hilos con fuerza, mano dura y decisión. Puede dudarse de la naturaleza de sus actos, y de hecho su guardaespaldas, Bud, lo hace, pero no se discute su liderazgo. ¿Pierde la vista del bien y del mal? ¿De lo moral y lo inmoral? ¿O simplemente no le importa? Habrá que indagar mucho más para saberlo. Pero llega la noche y esa figura autoritaria de hielo se derrite y se convierte en una mujer sola, triste y necesitada. ¿Acaso eso no es lo más humano que hay?

Los roles de los personajes son dignos de estudio también. Podría pensarse que los británicos blancos llevarían el papel de buenos y aquellos ciudadanos de distintas etnias serían los malos. La vida no es así y la serie tampoco. Siempre es positivo denunciar la generalización y mostrar que en cada colectivo convive lo limpio con lo sucio. En los sucesivos capítulos vemos que el mal emana de quien uno menos se lo espera, y que nadie debe ser juzgado o juzgada por su color, religión o procedencia.

Y unas últimas palabras para David Bud. Un soldado padre de familia, víctima de sus propios traumas, muestra mejor que nadie el peso con el que carga un combatiente a lo largo su vida. Separado de su mujer, adicto al alcohol, depresivo… Cada mirada, cada gesto de Richard Madden plasma esa miseria en el personaje. Un ejemplo perfecto para empatizar y entender el horror de un conflicto bélico, saber que la guerra destruye mucho más de lo que construye. Él es otra buena razón para ver la serie.