Hace unas semanas, con este espíritu lector que el Demiurgo me ha dado, me acerqué a la I Feria de Editoriales y Librerías de Madrid. Y allí me fui, con mi abrigo verde y mis manos cruzadas en la espalda, con la actitud de esos señores, de avanzada edad, que aprecian las obras desde la distancia.

Recorriendo los stands, pronto descubrí que muchos de los libros expuestos en Plaza Mayor, eran los que habían pasado por mis ojos ese año de lecturas feministas y mi cabeza infantil, sin que yo lo pudiese remediar, empezó a hacer un sile/nole literario que me dejó los dos pechos henchidos de orgullo. El juego tuvo gracia durante un rato, hasta que la repetición de los ejemplares me desanimó y decidí fumarme un cigarro mirando la interacción de un Spiderman con sobrepeso con los niños que pasaban asombrados a su lado.

Entre el inhalar y el exhalar del humo, caí en la cuenta de que la temática feminista se había apoderado de la industria editorial. Con las casualidades que se le antojan a la vida, una adolescente pasó a mi lado luciendo en el torso la archifamosa camiseta de Stradivarius: Everybody should be feminist. Bueno, Amancio Ortega se ha unido al carro, pensé. Más azar en aquella soleada mañana de sábado, Ylenia, con su rubio platino despuntando, cruzó con su séquito, saludando al Spiderman que seguía haciendo su trabajo. El famoseo también está metido en el ajo. Con esta serie de acontecimientos, que seguían retumbando en mi cabeza ya metida en el calor nocturno de las mantas, no pude evitar pensar que el #feminismo había caído en el #mainstream.

¿Pero somos más feministas o esto es simple postureo?

Mi percepción del asunto es que el feminismo, en la caduca modernidad, ha pasado a ser la cazadora amarilla de Zara.

Una simple moda, que por ende, es perecedera; luciremos sus estandartes hasta que otra cosa pase a llenar nuestros armarios y librerías. O si no, preguntadle al Che Guevara, Frida Kahlo o Los Ramones.

-O sea Antía, que si no se habla de feminismo mal y si se habla de él, todavía peor.

¿Qué pasa? ¿Que la cosa es quejarse?

Espérate que me explico, sujetemos un poco más los caballos de los juicios de valor.

Simone de Beauvoir dijo que una mujer no nace, sino que llega a serlo, y yo opino lo mismo, en cuanto a feminismo se refiere. Llevar una camiseta, comprar tres libros o llamarse #Ylenia no te convierten, al estilo hada madrina de Cenicienta, en feminista de la noche a la mañana. Ser feminista es un trabajo interno (y social) diario de desaprendizaje y reaprendizaje. Salimos, por la vagina de nuestra madre, a un mundo cuyo sistema nos polariza en roles de género; nos quiere a nosotras pariendo, a ellos produciendo y al colectivo LGTBI yendo a la psicóloga para encauzarles en eso llamado “heteronormatividad”.

No banalicemos, una ideología revolucionaria, que a día de hoy sigue siendo fundamental y necesaria, en una simple etiqueta pasajera que ora se pone, ora se quita, ora se destiñe de tanto lavarla.

En resumen, y para darle un poco más de marketing al asunto, copiaré el vetusto eslogan de los neumáticos Pirelli:

La masificación, sin concienciación, sirve, pero sirve de poco.