A día de hoy, cualquier mínima tendencia a la autodestrucción o acercamiento a la muerte voluntaria pasa, necesariamente, por una patologización de nuestra psique, limitando todos nuestros posibles deseos a la persecución de la vida, sin espacio para cuestionamientos sólidos y reales de esta. De hecho, los cuestionamientos más radicales de la vida en sí misma van más allá del espectro politico izquierda-derecha, rara vez son tomados en serio y casi siempre quedan bloqueados bajo la clasificación de pesimismo filosófico. Para intentar buscar nuevas perspectivas propongo un ejercicio muy breve y sencillo.

Te presento a Anita.

No necesitas conocerla en profundidad. Simplemente llega un día y, por el motivo que sea, ella sufre, llora y grita desesperada. Agoniza, pero no muere. Por ello siente la urgente necesidad de acabar con su dolor y se dirige a la ventana con la intención de saltar de ella, estamparse contra el suelo y acabar así con las conexiones neuronales que le provocan tal malestar, pero al asomarse le invade el miedo y teme no solo la idea de suicidarse sino la caída en sí misma, así que desiste. Al cabo de un lapso de tiempo Anita se siente feliz y llena de vitalidad. Cuando echa la vista atrás y piensa en lo que pudo pasar, concluye: "Menos mal que no lo hice”. O, lo que es lo mismo, reafirma su decisión de no haberse suicidado al darse cuenta de que se arrepentiría de haberlo hecho.

Como Anita, decimos "menos mal" porque pensamos que nos hubiéramos perdido algo positivo, ya sea algo nuevo o el alivio de abandonar el estado transitorio que nos hizo desear la muerte.

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Nos damos cuenta de que ahora no querríamos estar muertos. Pero el arrepentimiento es necesariamente posterior al acto arrepentido y, siendo este la muerte, no hay posibilidad de arrepentimiento de ningún tipo. Fácilmente deducimos que afirmar algo así es un error, puesto que, de habernos matado, ahora no habría querer. La muerte acaba con el yo y su existencia. En lo que respecta al individuo que lo sufre directamente, y siempre y cuando morir sea nuestro deseo en el instante previo a la muerte, invariablemente el Suicidio es una decisión acertada sobre la cual no puede existir arrepentimiento alguno.

Por el contrario, sí podemos arrepentirnos de no habernos dado muerte. Podemos pensar: “Tendría que haberlo hecho porque ahora, siendo aún sujeto consciente de mí mismo, tengo que seguir existiendo y enfrentándome a una realidad”. Aunque podamos estar satisfechos de no habernos suicidado y continuar con nuestra vida muy felices, necesariamente hay más cabida al arrepentimiento de no habernos suicidado que al de haberlo hecho dado que el segundo es imposible.

Por otra parte, sabiendo que en cualquier momento de nuestra vida tenemos la opción de acortar su duración total y acabar con ella, podríamos entender el seguir vivos como un rechazo consciente a morir. Podríamos, incluso, preguntarnos regularmente: "¿Quiero seguir viviendo?”, y actuar en consecuencia de la respuesta.

Así, llegamos a la conclusión de que hay más conciencias arrepentidas de seguir viviendo que arrepentidas de estar muertas (1), pista curiosa que nos ayuda a evidenciar el sufrimiento inherente a la existencia (2). Mientras que la vida recibe millones de reclamaciones diarias, la muerte no tiene ni un solo cliente insatisfecho. Nos guste o no, la nada es más justa y apacible que el ser. Defender la vida ante todo está grabado en nuestros genes, pero no debemos limitar nuestra ética a aquello preestablecido por la naturaleza. ¿Qué tiene de malo, entonces, acabar con la vida propia como solución a los problemas?

"El futuro solo se vuelve temible en cuanto uno no está seguro de poder matarse en el momento deseado”

(Emil Cioran, 1973, De l'inconvénient d'être né, traducción de Esther Seligson).

(1) Tal contraposición se acentúa con la temporalidad de estos dos estados: lo efímero del que continúa vivo y lo eterno del que está muerto.

(2) Del ser sintiente.