El mundo de la publicidad nunca deja de sorprenderme. Es un mundo que nos traspasa y hasta se vuelca en la carretera, cuando conducimos nuestros vehículos. Sí, me ha oído bien. Porque al trabajo, o a la compra, o a llevar a los niños al colegio, vamos luciendo, sí, luciendo, que nuestro coche es el mejor, el más caro, el que más prestaciones tiene, el que más corre. En consecuencia, pisamos el acelerador muchas veces a fondo para no quedarnos por detrás de los demás. Eso sería un sacrilegio.

En la sociedad humana, hay que admitirlo, impera la publicidad... engañosa. Está de moda que las mujeres hagan dieta (ojo, sólo las mujeres), llegando a unos extremos sobrehumanos de tortura al cuerpo.

Nos importa mucho nuestro aspecto físico, no lo neguemos. Esto aparece continuamente en la tele, en los anuncios. Queremos pesar poco. Aunque pesar poco pueda convertirse (como se convierte) en una obsesión fatal.

A la hora de coger el volante, vamos midiéndonos los unos a los otros. A ver quién es el más experto. A ver quién es el más rápido. No pensamos tanto en nuestra seguridad, en la de los viandantes o en la de los animales que se cruzan. Señores, aquí no hay que demostrar nada, ya tuvimos mucho de eso en el colegio con los malos profesores, sobre todo en las clases de deporte. Esa etapa quedó atrás y ya no importa. Lo que importa es no usar el coche como un arma porque un coche, mal usado, es un arma homicida.

Pero también tengo que decir que, cuando en la carretera respetas, te respetan.

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Pero también tengo que decir que, cuando en la carretera haces una acción rápida porque había que hacerla, el que viene detrás te adelanta. ¿Y los camioneros? Ellos sí han nacido para hacer muchos kilómetros, pero padecen de mucho estrés por su oficio. Siempre nos quejaremos de ellos.

Entonces, y ya casi para concluir, ¿cuál es el mejor conductor? ¿Es el más rápido en sus acciones, el que pisa el acelerador más a fondo? ¿O es aquél que, durante su viaje, no se ha puesto en peligro ni a sí mismo ni a los demás (ni siquiera, repito, a los animales que se cruzan) y que siempre vuelve sano y salvo? Este último no se cree mejor que los demás; o, más bien, se cree el peor. En la carretera (también) vale más creerse el menos apto que el más apto. Siendo menos aptos respetaríamos mucho más esas señales concretas, esas de los números en los discos rojos.

Y al final de todo nos estamos preocupando por unas cosas que en el fondo no son tan importantes. Porque, ¿cambia en algo nuestras vidas nuestro aspecto físico? Contésteme a esta pregunta: ¿cuántas personas con kilos de más salen adelante? ¿Cambia el hambre en el mundo, o las guerras, o los suicidios, que tengamos el mejor coche, el que posee todas las prestaciones? Más bien nos hacemos el favor a nosotros mismos. Pero, ¿qué es, en el fondo, el coche más caro sino al que más le cuestan las reparaciones? Basta un coche que te lleve y te traiga, pero que se estropee sólo lo justo. Que más vale no necesitar de mucho para vivir.