Gus Van Sant nos ha propuesto, casi siempre, una deriva entre el desastre de la cultura norteamericana y la noción de que aún, se puede hacer algo para no acabar arrasados por esos valores. Un variado camino que han transitado los personajes del principal representante del Indie-sundance.

El film tenía todos los elementos para que no se hubiera quedado en la condescendencia de la historia de superación del personaje. La película nos cuenta la caída a los infierno del hombre común John Callahan, para convertirse, después de superar el alcoholismo y un accidente de coche que le llevó a una silla de ruedas de por vida, en uno de los más mordaces y sarcásticos ilustradores gráficos norteamericanos.

En esa historia deriva el film hacia un callejón sin salida, una historia lineal de la vida de un personaje, pero que hace más por la didáctica social que por la capacidad creativa que la película podría haber tomado.

El biopic de nuevo cae en sus propios males, dejando por el camino lo que podía haber sido y no fue. La enorme capacidad creativa de un personaje y sus dibujos, un profundo universo que Van Sant ha desperdiciado, eso sí con actores en estado de gracia –Phoenix es hoy por hoy el actor más profundo y camaleónico norteamericano. Nada nuevo bajo el cielo de américa, producto cinematográfico impecable, desde el punto de vista industrial… creatividad y profundidad artística en entredicho.

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