Cuando conocí la noticia de que Steven Spielberg sería el encargado de realizar la adaptación cinematográfica del divertidísimo libro de Ernest Cline Ready Player One, aparte de la consecuente alegría de saber que tras las cámaras al menos el trabajo estaría a la altura, fue cómo iban a conseguir los derechos para la enorme cantidad de referencias de la cultura popular que hay en la novela.

Sin embargo, tras ver la película, me dí cuenta de que eso era un tema secundario.

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Spielberg es suficientemente conocedor de la cultura de los 70 y 80 como para modificar lo suficiente la superficie sin alterar el interior de la historia.

Continente y contenido

La novela era lo suficientemente atrayente en su capa superficial y escondía tal número de referencias a la cultura popular de los 80, en algunos momentos llegando a ser algo realmente enfermizo, como para que un lector medianamente atraído por ese mundo no mostrara interés.

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Tras esto se escondía una historia clásica sobre superación personal, exaltación de la amistad y búsqueda del amor.

Son elementos que concuerdan muy bien con las películas familiares y de aventuras que hicieron en los 80 a Spielberg la figura que es hoy en día. Y esto es no solo lo que se ha mantenido en la adaptación sino que también se ha resaltado. Se ha trabajado más esa capa interior de la historia, de la relación entre los personajes y sus motivaciones, siempre sin perder de vista esa atrayente capa superficial donde lo visual y lo llamativo es tan impactante.

Porque la parte negativa de contar con un material que juega tanto con los recuerdos y la melancolía del espectador es que el conjunto se quede solo en eso. Sería centrarse demasiado en este aspecto para conseguir apabullar al público con grandes escenas de acción y un enorme número de referencias y olvidarse del contenido. Sin embargo, aquí Spielberg ha conseguido un equilibrio entre ambas que se agradece, que sirve para completar y diferenciar la obra de otras similares.

Las (nuevas) referencias

Comentaba al principio que una de mis primeras dudas al conocer la adaptación era cómo iban a meter todos esos personajes, películas y videojuegos que aparecen en el libro, en la obra cinematográfica. Por supuesto era un problema puramente logístico pero por otra parte era un elemento tan importante de la novela que realizar una adaptación si ello podría desentonar demasiado.

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He de decir que el problema que para otros podría haber sido insalvable, Spielberg lo ha convertido en un aliciente para modificar y personalizar la obra original y adaptarla a las nuevas generaciones. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que haya perdido de vista a los jóvenes que se criaron con Los Goonies o la Commodore 64, pero ha englobado a otras generaciones.

Por si esto fuera poco, el aspecto visual de la película es más que sobresaliente.

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Spielberg vuelve a confirmar lo que ya intuíamos con Las aventuras de Tintín: el secreto del Unicornio: al director le sienta de lujo la animación digital, puesto que es la herramienta perfecta con la que puede demostrar su apabullante imaginario visual. Esperemos que haga más películas así.

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