El proyecto del novel director David Macián y coguionizada por Daniel Cortazar, una película cooperativa y autogestionada se he llevado a cabo en un polígono industrial y sus once trabajadores como protagonistas. Basada en la novela homónima de Isaac Rosa, nos recuerda a los teatro ficción de Lars Von Trier en Dogville (2003) y Manderlay (2005) en ese espacio donde la escena teatral es parte del entablado cinematográfico en los límites del teatro y el Cine. El film nos recuerda los tratamientos, desde otros puntos de vista, de la explotación humana tratada por Ken Loach, o el film de 1961, por Ermano Olmi, El empleo (il posto).

En aquella película, imbuida en los aromas del neorrealismo, con un cierta vía de escape, con humor, un hombre perdía su identidad por un puesto de trabajo fijo, por un empleo que le alineaba pero que le daba una seguridad en la vida, ¿perdiendo? Su propio ser. El trabajo ha sido el campo de batalla de la alienación y allí fue por primera vez el cine, el comienzo de esta historia con los planos de los hermanos Lumiere: Trabajadores saliendo de una fábrica. El film funciona desde la repetición de acciones que en se mueven en un sinsentido como un espectáculo de la repetición, como un absurdo vital para poder vivir. Estúpida paradoja, pasar la mayor tiempo de tu vida haciendo algo que no te gusta, para que el menor tiempo de tu vida, puedas vivir.

Es una lógica de la producción, una ilógica de la explotación. Como un show televisivo, los espectadores aplauden tan peculiar sin sentido.

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