Los libros huelen bien, ya sea cuando tienen ese olor fresco a tinta recién impresa o cuando huelen a años de historias mil veces contadas. El amor por la lectura va más allá del simple interés por un texto, es la misma diferencia que existe entre sexo y amor real.

Todavía recuerdo con razonable precisión que cuando era niña iba a la biblioteca de mi ciudad natal, de hecho la más importante del país, de modo que hasta su nombre me llenaba de satisfacción: "Biblioteca Nacional" y hasta puedo recordar cómo al acercarme al majestuoso recinto mis pasos se apresuraban buscando la sintonía con los latidos del corazón que iban en aumento en la medida que me acercaba.

Una vieja garita encerraba a un señor de un carácter indescifrable porque era amable sin sonreír y recto sin dureza. Me inspiraba un ingenuo temor porque tenía el poder de decirme: "Hoy no trabajamos porque hay inventario" o "El salón está lleno y debes esperar un rato". Fuera cual fuera la situación, para el no había diferencia lo que me obligaba a buscar señales como luces encendidas, ventanas abiertas o siluetas de lectores que me indicaran que no habría desencanto y en ese punto, ya el señor estaba mirando hacia otro lado, lo que era señal de que podía entrar.

Con alivio me dirigía a las escaleras, ya grises y desgastadas, alfombradas por infinitas hojas pequeñitas que caían de los árboles y que en mi imaginación, eran confetis naturales que me daban la bienvenida al mágico mundo de "Pipas Mediaslargas" o "Tom Sawyer" que en mi imaginación convivían con autores como Astrid Lingren o Mark Twain en independencia de las obras de su autoría,

Finalmente la señora del buró que presidía un inmenso espacio de silencio me orientaba mediante una sonrisa que ya era libre de adentrarme en un laberinto de anaqueles que parecía no tener límites.

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Libros

todos repletos de historias emocionantes dentro de Libros dormidos y entre los que se podía adivinar cuáles habían sido recientemente leídos y cuáles no. No sé cómo pero recuerdo que lo percibía y llegué a sentir una infantil compasión por ellos.

Un solemne silencio, solo roto por el armonioso sonido ambiental de una vieja máquina de escribir que la señora del buró hacía sonar con constante intermitencia y me embargaba la magia de que en aquel gigante y oscuro edificio, habían muchos ancianos escribiendo incansablemente lindas historias para los niños y tal como sucede en las dulcerías, llevarlas luego al mostrador para ofrecerlas.

Y es que el disfrute de la lectura es todo un ritual que pasa por la textura de las hojas, la fuente que se usa en la impresión, las ilustraciones, la calidad del encuadernado, el autor, la historia, los protagonistas para convertirse luego en una experiencia exclusiva, porque si de algo no debe quedar dudas, es de que jamás, escúchenme bien, jamás, somos las mismas personas después de cerrar la últimas páginas de cada libro que leemos.

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