En el año 2000 nos dejaba John Gielgud, el gran actor inglés, el último heredero de la escuela de los clásicos del Teatro británico que más llevó a las tablas el clásico de William Shakespeare, Hamlet. Tras la muerte del actor inglés, el dramaturgo Ned Sherrin afirmaba que Gielgud sería siempre el Hamlet definitivo, el actor que junto al otro grande de la escena, Lawrence Oliver, consiguió elevar a la calavera del bufón Yorick a icono existencial. Desde esta cima del arte escénico, el Hamlet ha evolucionado, dejando ver las mil caras de un personaje y una obra infinita.

La versión de Miguel Del Arco es una vuelta de tuerca más a las posibilidades del laberinto humano que Hamlet propone. La obra, que ya pudimos disfrutar por el mes de junio del año pasado, coloca al clásico en el abismo de la atemporalidad una vez más. Una puesta en escena mínima –desde una cama en un espacio esencialista, Hamlet se presenta-, pero que posibilita el cambio, las posibilidades de tornar a otro registro, a otra forma por la utilización, llena de sentido, de la luz y las sombras. Un espacio íntimo y tenebroso con un profundo calado psicológico.

Es una nueva perspectiva de este clásico, donde la profundidad del personaje existencial por naturaleza siempre lo hace contemporáneo. Frente a la pregunta, ¿por qué vivir en este valle de lágrimas, donde el sufrimiento es la tónica de los días? La obra de Miguel del Arco, coloca a los personajes en el clima de nuestro tiempo. Hamlet, el personaje de los mil registros, poliédrico, como el mismo director lo clasifica, es el espejo donde cualquier actor se querría mirar, el tour de force de la interpretación.

Israel Elejalde es el elegido para guiarnos por el anhelo de la venganza. El joven príncipe de Dinamarca se juega su existencia con el peso del destino y la afrenta. El fantasma de su padre, el rey Hamlet, asesinado por su hermano Claudio, se le presenta para pedir venganza. EL joven príncipe debe dilucidar su destino en medio de un cortejo abocado al fracaso con Ofelia, y con las intenciones del rey de Noruega Fortinbras, de invadir Dinamarca...

hasta aquí la historia. Pero es la locura, el actor-loco, las mil caras del ser desequilibrado, engullido por sus propias crisis lo que genera el caudal de verdad de la obra. Georges Bataille y Antonin Artud, entre otros pensadores, recalcaron la importancia del gesto y la locura en el arte, el lugar de la libertad y espacio donde expresar los traumas humanos sin ataduras, con toda su fuerza y pasión. Fue en la defensa de la locura de Van Gogh, afirmaba Bataille, el caballo de batalla donde la creatividad y el alma del artista brotaba.

El propio actor, Israel Eljalde junto a Miguel del Arco, retoman la idea de la locura, pero desde la perspectiva del poeta inglés T.S.

Eliot sobre la deriva de Hamlet “algo menos de locura y algo más de fingimiento”. De esta manera se abrazan los extremos, sí, pero también la ironía y con ella la capacidad de hacernos llorar, sufrir, pero también reír en un devenir de emociones. Como si fuera un baile de caras bipolares, un constante trabajo de registro y fuerza en escena que le permite a Hamlet, y a todo el elenco Angela Cremonte (Ofelia), Cristobal Suárez (Leartes/Rosencratz/Fortinbrás), José Luis Martínez (Polonio/Enterrador/Osric), Daniel Freire (Claudio), Jorgen Kent (Horacio /Guildenstern/Reinaldo/Enterrador 2) y Ana Wagener (Gertrudis), a jugar con las herramientas del actor, con todas, dotando a este Hamlet de locura e ironía, la única fórmula para darle un sentido a la existencia después de haberlo perdido todo.

El proyecto tiene algo de suicida, de Kamikace, señala Miguel Del Arco “lo que no es una mala premisa de partida ni para mí, que soy un Kamikaze, ni para el Príncipe, cuya conciencia anhela en no pocas ocasiones darse muerte para dejar de sufrir”.

Podremos ver este Hamlet durante cuatro únicas semanas, del 9 de febrero al 5 de marzo en el Teatro Pavón.

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