Del Arte como mercancía al arte como relación Social

El auge del pop art y del arte conceptual en los años 60 hizo que el concepto de arte como mercancía empezara a hacerse cada vez más evidente en el arte contemporáneo. El arte empezó a ser una mercancía, y, como toda mercancía, no podía vivir más que en su mera representación, como algo que se contempla y no se vive. El arte empezó a valorarse atendiendo a su valor mercantil más que de forma sensible, según las emociones que provoca.

En la década de los 90, los artistas empezaron a interesarse por cambiar el papel del espectador como sujeto pasivo y contemplador de la obra para exigirle participación. Nicolas Bourriaud publicaba Estética Relacional, una serie de ensayos donde el autor engloba ciertas prácticas que tomarían como horizonte teórico la esfera de las relaciones humanas, el espacio público y su contexto social más que la afirmación de un espacio autónomo y privado.

Lo que Bourriaud propone es utilizar las prácticas artísticas para salir de este marco en el que nos hemos terminado viendo envueltos, generando relaciones interpersonales.

Para ello, dice que hemos de crear una nueva relación entre los sujetos y las obras y unos nuevos espacios de encuentro logrando así una crítica a las instituciones, a la política y al mercado. El sujeto tiene que dejar de contemplar la obra, tiene que embriagarse de ella, palparla, ser la obra en sí.

De qué hablamos cuando hablamos de prácticas relacionales

Félix González-Torres es un ejemplo de lo que es la estética relacional.

El artista tenía como objetivo producir un arte comunicativo que exigiera cambios sociales y políticos.

Uno de sus trabajos más conocidos fue Untitled (Portrait of Ross in L.A.) (1991), una obra que consistía en pilas de caramelos envueltos en celofán de colores, amontonados o extendidos por el suelo de las galerías que el visitante podía coger. La pila de caramelos tenía el mismo peso que su pareja Ross, el cual murió de VIH.

El público es invitado a llevarse caramelos de manera que, simbólicamente, la obra se convierte en una metáfora de su desaparición. Con esta obra, González- Torres no sólo cuestionaba la idea de obra de arte inalcanzable, eterna, sino que, además, incidía en la participación del espectador como parte integrante de la obra de arte. Aquí hay una relación humana y no un mero espectador que únicamente contempla la obra. La obra de González-Torres genera lazos sociales, relaciones humanas.

Otro ejemplo de práctica relacional nos lo da Rikrit Tiravanija y su obra Untitled. One revolution per minute (1996), en la cual, el artista tailandés invita a los espectadores a efectuar acciones cotidianas con él como, por ejemplo, compartir la comida, con lo que, además de crear un espacio comunal, se cuestiona la relación entre el artista y el espectador.

En la obra de Tiravanija no habría artistas ni espectadores, en las cenas no se da una relación de comercio, sólo son sujetos que redefine y modelan su identidad a partir de una experiencia común y comunitaria.

Por tanto, el arte relacional pretende ser una respuesta a la economía de bienes de consumo ofreciendo bienes de servicios, en especial, en caso de artistas cuya economía es ofrecer un servicio. Y, también, como respuesta a las relaciones virtuales de internet y de la globalización, ya que propician una mayor comunicación entre la gente. El arte relacional fomenta la interacción, la conversación, el diálogo.

Apuesta por dejar de mirar la realidad a través de una pantalla, de una imagen, para empezar a mirar a los ojos, a sentir el arte, a ser el arte.

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