Te planteo una situación: compras la entrada, entras en la sala, y te acomodas en la butaca para ver la película de la que todos hablan y después de media hora de dar comienzo, algo sucede, es como si ya la hubieras visto, una sensación de déjà vu que se prolonga hasta los créditos finales. Al salir, escuchas varias críticas, y la película de la que todos hablan queda resumida en tres palabras: predecible, estereotipada y trillada. Nadie más volverá a hablar de esa película, incluido tú, que evitarás pensar en los 20 euros que te has gastado en la entrada.

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Pero este artículo no trata sobre el alto precio del cine este artículo trata sobre el anti-estereotipo, el anti-cliché, el conocido como hiperrealismo cinematográfico.

En los últimos años, la industria cinematográfica ha producido incontables películas que en su mayoría no cumplen con las expectativas del público. Obras de poca calidad en las que, tanto guion como personajes, caen en un esquema de construcción que se repite y recicla, anulando el realismo de la narración y cayendo en los clásicos clichés.

Los tópicos abundan en las películas, en contraposición con la tendencia nombrada anteriormente. Esta se encuentra en la pintura, escultura y literatura; sin embargo, también existe dentro del Cine. El conocido como hiperrealismo cinematográfico es una corriente que busca alejarse de todos estos rasgos típicos, centrándose en la  plasmación de la realidad, y en la  creación de personajes vivos

Este movimiento tiene sus antecedentes en Europa. Empezando como una respuesta contra el cine estadounidense de Hollywood y su sistema clásico de realización, considerado por las nuevas tendencias como “irreal” y “poco comprensible”.

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El denominado Cinema vérité englobaba diversos movimientos, entre ellos el neorrealismo italiano, la Nouvelle vague y el free-cinema, todos estaban concienciados con la realidad socio-política de la época.

El gusto por lo feo y poco estético, la sencillez y los ritmos lentos; todo ello junto a unos personajes vivos -personajes calcados de la realidad que encontramos en las calles,son algunas de las características del hiperrealismo cinematográfico.

Vemos grandes ejemplos en películas como “La Soledad” (2006) y “Las horas del día” (2003) del director Jaime Rosales y Enric Rufas. En ambas obras hay grandes silencios y acciones cotidianas que en apariencia no ocurre nada, pero que nos ayudan a estar dentro de la historia y conocer a sus personajes. Personajes que podrían ser nuestra vecina del quinto, el panadero de toda la vida, un mejor amigo o, sin ir más lejos, nosotros mismos. Un cine que no se sirve de efectismos, ni de diálogos predecibles, ni de personajes estereotipados, ni de historias trilladas.

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Obras que, lejos de abordar argumentos enrevesados, prefieren tratar temas reales sobre los conflictos interiores que tenemos todos. ¿De eso debería tratar el cine, no?

Ahora vuelvo a plantearte la misma situación: Compras la entrada, entras en la sala, y te acomodas en la butaca para ver la película de la que nadie habla y después de media hora de dar comienzo, algo sucede, es como si ya lo hubieras visto antes, una sensación de credibilidad se prolonga hasta los créditos finales.

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Al salir, escuchas varias críticas y la película de la que nadie habla queda resumida en tres palabras: realista, cotidiana y sencilla. Volverán a hablar de esa película, incluido tú, que no te importará pensar en los 20 euros que te has gastado en la entrada. Pero este artículo no trata sobre el alto precio del cine, ni tampoco sobre los estrenos de verano, este artículo trata sobre el hiperrealismo cinematográfico.

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