Era el año 1927. España recorría un camino lleno de dificultades, que había hecho caer al país en el olvido geoestretégico mundial y que se consumía sobre sus propias cenizas.

Miguel Primo de Rivera gobernaba sin oposición real bajo la complaciente influencia de Alfonso XIII y el país comenzaba a partirse en dos entre quienes buscaban libertad, elecciones democráticas y la instauración de una República y los que mantenían que a la nación había incluso que apretarla más para que entrase en vereda.

Aquel año, en Zaragoza, dos de los clubes con más pedigrí del naciente Fútbol español, disputaban la que es, hasta la que se celebrará en Sevilla el próximo mes de abril, la última final entre vascos de la historia, y el resultado final desembocó en el cuarto y último título logrado por el Real Unión de Irún ante un Arenas de Getxo, que había logrado el entorchado en 1919, pero que caía por tercera en el partido final.

El precedente de una gran rivalidad

Ciertamente esta final será la primera con Athletic y Real Sociedad con esta nomenclatura, pero en 1909, con el equipo vizcaino ya asentado con su nombre actual, se disputó la final de la Copa del Rey como antecedente más o menos asimilado ante la Real Sociedad, al jugar realmente contra un equipo donostiarra pero que se hacía llamar Basconia de San Sebastián.

En aquellos tiempos aún había baile de nombres en los equipos que se iban formando, y muchos adquirieron su nombre actual tras varias fusiones o al absorver a otros clubes de la misma localidad.

La Real Sociedad no se fundó como tal hasta 1909, y debido a que no contaba con la antigüedad necesaria para competir en el torneo copero, tuvo que usar a otros clubes como apoyo logístico.

Así fue como el propio 1909, el Club Ciclista San Sebastian se proclamaba campeón de la Copa tras alcanzar un acuerdo con el club de fútbol Sociedad de San Sebastián para que pusiera su patrocinio durante la competición, mientras que en 1910 el acuerdo llegó con un club de menor calado social llamado Vasconia Sporting Club, quien le cedió su licencia federativa y con cuyo nombre disputó la final que perdió ante el Athletic Club de Bilbao.

A una final, 32 años después

En este parón en competiciones europeas la Copa ha centrado casi toda la atención mediática y el miércoles ya estaba en juego el primer partido de vuelta de las semifinales.

Posiblemente la Real Sociedad sufrió más en los días previos a visitar Anduva que en lo que fue en sí el partido.

El corto resultado con el que viajaba el conjunto donostiarra a tierras burgalesas hacía preveer un complicado duelo con incierto desenlace, pero la Real salió muy bien plantada y siempre supo lo que tenía que hacer para decantar la balanza a su favor.

La primera parte mostró a un Mirandés valiente y atrevido que dispuso de varias ocasiones de gol, pero los blanquiazules tenían el dominio del juego real y apretaron varias veces hasta que, al borde del descando, Oyarzábal anotaba de penalty, el gol que ponía la tranquilidad en las filas del equipo de Imanol Alguacil.

La segunda parte fue un quiero y no puedo de los rojillos, y en todo momento parecía que el encuentro estaba controlado por los txuriurdines.

Al final no hubo milagro de remontada y los donostiarras volverán a disfrutar de una final de Copa 32 años después con la intención de quitarse la espina que le dejó clavada el Barcelona en aquella edición, al vencerles por un gol a cero.

La recompensa a un gran sufrimiento

La historia del Athletic con esta Copa es la historia de un superviviente nato, que parece que tiene un punto ganado de cara a esa final gracias a su propio instinto de supervivencia.

Dos tandas de penaltys, un gol en el minuto 90 ante el todopoderoso F.C.Barcelona y un nuevo tanto milagroso cuando el equipo estaba noqueado en las semifinales contra el Granada, son argumentos más que suficientes para pensar que el Athletic ya es el ganador moral de esta edición de la Copa del Rey.

Ante el Granada dio una vuelta de tuerca más a ese saber sufrir, porque cuando el conjunto nazarí era total y completo dominador del encuentro de vuelta y había conseguido dar un vuelco a la eliminatoria con el segundo gol de Germán, apareció ese halo místico que lleva como complemento este Athletic para aprovechar uno de los pocos errores de los andaluces en defensa y anotar por mediación de Yuri, un gol que puede ser clave para ganar este trofeo tan querido por tierras vizcainas 35 años después.

Sevilla debe ser una gran fiesta

En Bilbao y San Sebastian la ilusión es máxima. Pero en ambos rincones hay un ligero resquemor por lo que pasará el día después de la final.

Para el ganador ese triunfo será una gesta recordada al menos durante las próximas seis décadas, pero para el perdedor siempre será un motivo de burla de su vecino y rival deportivo, que le recordará aquella final que perdió en Sevilla una tarde de 2020, incluso en aquellos momentos en los que el ganador del título de 2020 pase por penurias deportivas mayores que las del perdedor.

El 18 de abril ambas aficiones convivirán en una gran ciudad que les ofrecerá su máxima hospitalidad, y el gran carisma de los aficionados vascos será un motivo de orgullo de una competición que ha vivido una temporada histórica y llena de emoción en un formato novedoso que ha sido todo un éxito.

Que el partido sea una gran fiesta final depende de quien asista a ese encuentro, que debe ser el ejemplo final de un máximo respeto por todo lo que la Copa nos ha dado.

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