Las consecuencias del caso Watergate llegaron hasta la figura de Martha Mitchell, una asidua de los programas de Televisión y de las galas benéficas, esposa de John Mitchell, fiscal general del estado en 1968 y miembro del comité que se tenía que encargar de la reelección del entonces presidente Richard Nixon.

Su vida cambió cuando cinco personas fueron pilladas en las propias oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata en la ciudad de Washington durante la noche del 17 de junio del año 1972.

Se supo que habían entrado en la oficina para poder robar documentos importantes y colocar una serie de micrófonos. Todo un escándalo político en la época que sigue recordado por el cine.

James McCord, uno de los primeros detenidos, podría haber tenido una relación íntima con la propia Mitchell

Una de los primeros detenidos fue James McCord, contratado como guardaespaldas de la propia hija de Mitchell. Varios medios de comunicación de la época aseguraban que compartían una relación íntima.

McCord había trabajado previamente para la CIA, y desempeñaba el papel de jefe de seguridad del propio Comité de Reelección de Nixon como presidente y trabajaba al lado del marido de Martha, por lo que la relación era personal.

Cuando ella tuvo conocimiento de lo que estaba sucediendo, no tardó tiempo en sacar conclusiones. Ella se había convertido en una persona muy habituada a conocer todos los secretos de lo que sucedía en la Casa Blanca, ya que por su casa solían pasar la mayoría de los políticos de la época.

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Televisión

Las conversaciones que escuchaba a su marido le hacían pensar que los republicanos estaban haciendo algo muy feo contra los miembros del Partido Demócrata.

Martha Mitchel dejó caer la corrupción en la Casa Blanca en los programas en que participaba

En alguno de los programas de televisión en los que intervenía, de una manera muy sutil, había dejado caer algunas de estas informaciones. Pero nadie la tomó en serio.

Que su marido permitiese que McCord cayese, a ella le dolió personalmente; y su intuición le indicaba que aquello iba a ser algo muy serio.

Ella acabó siendo controlada por Stephen B. King, un antiguo agente del FBI, cuya función era evitar que Martha se fuera de la lengua, ya que todo el mundo era consciente de que ella sabía mucho más de lo que el público imaginaba. En un intento de contactar con Helen Thomas, periodista del United Press, King la encerró durante cuatro días en un hotel de California, donde fue sedada y maniatada, como ella mismo confesó en varios programas de televisión.

Nadie la escuchó por culpa de la campaña de desprestigio organizada desde la Casa Blanca.

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