Ayer, una nave espacial experimental no tripulada de la Agencia Espacial Europea despegó desde la Guayana Francesa y, 100 minutos después, amerizó en el Océano Pacífico, al oeste de las Islas Galápagos. Sin embargo, la nave espacial, llamada Vehículo Experimental Intermedio, o IXV, no se parecía a un cono estándar.

Parecía más bien, cinematográfico, por falta de una palabra mejor, algo así como un transbordador espacial en miniatura menos las alas y la cola. Y esa extraña forma podría presagiar el futuro de los viajes espaciales.

El tipo de cápsulas diseñadas para ir al espacio y volver son casi siempre redondas. Una vez sobreviven el descenso a través de la atmósfera superior, hacen estallar un paracaídas para caer en un océano.

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Todo eso ha sido cierto durante años.

La nave espacial Dragon de SpaceX, que regresó de la estación espacial a principios de esta semana, no se ve muy diferente de la cápsula Mercury que llevó a John Glenn en 1962. "Es la forma más sencilla de entrar desde la órbita", dice Pier Michele Rovier, asesor principal de la ESA para los sistemas de transporte espacial en Washington, DC. "Pero tienen capacidades limitadas".

Por ejemplo, una cápsula de retorno no se puede dirigir, lo que significa que es más difícil fijar un objetivo específico, como una pista de aterrizaje.

La respuesta de la NASA para una cápsula de retorno dirigible fue el transbordador espacial, que no vuela muy bien, pero podría deslizarse para que un piloto pueda maniobrar a una pista y aterrizar, como un avión. Con el tiempo, la ESA quiere construir un avión espacial no tripulado similar al secreto X-37B, que no por casualidad parece pequeña y sin ventanas.

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Ese proyecto, el Programa para el Demostrador Reutilizable en Órbita para Europa (PRIDE), ya ha conseguido el visto bueno oficial. Pero antes de la ESA de el gran salto, además de caro y complicado, quieren poner a prueba su tecnología de reentrada.

Ahí es donde el IXV entra. Es un compromiso de estilo "Ricitos de Oro": "Quieres algo tan simple como una cápsula, pero con las prestaciones de un cuerpo con alas", dice Rovier. El IXV no tiene alas, pero su forma aerodinámica le da una cierta elevación, y dos aletas horizontales que se extienden desde la parte trasera en realidad puede conducir un poco por la atmosfera. Es el primer vehículo espacial europeo capaz de lograr eso.

Así que pensar en el IXV de aspecto extraño como banco de pruebas para las naves espaciales más extrañas aún por venir. Durante el vuelo de ayer ESA se probó su navegación y control, así como los nuevos protectores térmicos de compuestos cerámicos, más fáciles de instalar que los azulejos que siempre estaban despegándose de la lanzadera espacial, pero capaz de soportar (idealmente) temperaturas de 3000 grados de reentrada atmosférica.

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"Es un gran paso para los europeos en el sentido de que van a tener un vehículo de reentrada", dice Cutler. Se trata pues, de un paso hacia ese objetivo, el IXV funciona a la perfección.