Alessandro, el único hijo de Ana y del conde Lequio, fallecía el pasado 13 de mayo tras una larga lucha de más de dos años contra el cáncer. Durante ese tiempo, Alex fue un ejemplo para todos por su forma de encarar la enfermedad y su optimismo y también durante ese tiempo, Ana lo acompañó en todo momento, luchando con él para intentar vencer, algo que desgraciadamente no se pudo conseguir.

La experiencia más amarga y antinatural

Enterrar a un hijo es sin duda el peor acontecimiento vital que una madre o un padre pueden atravesar, porque lo lógico es que sean los hijos los que asistan a los momentos finales de sus padres y no al contrario.

En el caso de la actriz, volcada en su hijo desde su nacimiento, el trauma es evidente y comprensible. Ana ha atravesado un desierto anímico en estos meses en los que se ha refugiado en su familia y amigos, contando además con el consuelo de la fe y la ayuda de la meditación.

Confiesa en su entrevista a ¡Hola! que no podía soportar el dolor ni la realidad de lo que había sucedido y por eso quería irse, pero que ya más serena y positiva pese a la adversidad: ‘Ya no me quiero ir porque quiero hacer cosas que Álex quería hacer y no pudo terminar. Quiero seguir su legado’.

Los primeros meses fueron los peores, sobre todo los tres primeros en los que confiesa que casi no salía de la cama y que a pesar de estar en Mallorca en el magnífico chalet propiedad de sus padres, en el que tantos buenos recuerdos tiene con Alex, no podía disfrutar del sol y el mar.

Ana es una mujer profundamente dañada. Ella, que durante la enfermedad de su hijo y para darle ánimos se vestía de punta en blanco y se maquillaba, ahora declara que le cuesta peinarse y hasta ducharse cada día, por esa falta de fuerzas que la acompaña.

Yoga y meditación sus pilares para serenarse

Cada día que pasa, la actriz procura volver a retomar sus rutinas diarias y practicar yoga y meditación al parecer la ayudan.

También sus visitas al cementerio parecen darle un poco de paz, ya que ni siquiera ha tenido fuerzas para abrir el testamento de su hijo, del que le piden el certificado de defunción, algo a lo que ella alega que no puede enfrentarse: siempre le dije la verdad, menos al final, él ya tampoco preguntaba. Los últimos meses fueron muy crueles, no puedo ni hablar de ello’.

Visita la tumba de su hijo a diario, se sienta junto a ella y medita, se siente más cerca de él y eso la consuela, aunque todavía le queda un largo y árido camino para llegar a aceptar su partida ya que considera que su reloj interno se ha parado y le asombra que el mundo siga girando como si nada: ‘Yo no creo que pueda aceptar jamás que no pueda volver a abrazar a mi Álex’.

No hay duda de que Ana Obregón necesita probablemente el aliciente de tener que enfrentarse al reto de presentar las campanadas en TVE, para poder iniciar la parte final de su recuperación y superar esa inmensa tristeza, que aunque no desaparezca, por lo menos quede mitigada y le permita reincorporarse a la vida activa que es sin duda lo que su hijo querría para ella.

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