Es posible que leer esto, te resulte un auténtico disparate. Lo sé. Estamos programados para creer que la adversidad, ese momento en el que sentimos que no hay suelo bajo nuestros pies, viene acompañado indudablemente de la sensación de fracaso.

La oportunidad nace en la adversidad

Nuestro ADN, el tuyo y el mío, está creado para percibir la adversidad como un momento temeroso que irrumpe en nuestras vidas. Como un estado de no control, en el que nos vemos envueltos, y asumimos que son las circunstancias, (el exterior), los causantes únicos de nuestras desgracias.

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Hemos sido programados socialmente para establecer esta ecuación mental: Yo = Circunstancias.

Yo soy mis circunstancias

Desde pequeños, hemos sido educados con la premisa de que, una acción positiva que realizamos, viene acompañada de una recompensa o de unas palabras que refuerzan nuestra valía.

Mientras que, una acción negativa, se nutre de palabras devastadoras sobre nuestra propia imagen. Sin embargo, no estamos diseñados para entender por qué cuando mis acciones son positivas, puede ocurrir que mis circunstancias sean adversas.

Quizás, esto se deba a que nuestro sistema social está compuesto por unas creencias que, de alguna manera, todos hemos grabado en nuestras entrañas, como verdades como puños.

Tanto tienes tanto vales

De este modo, caemos en el error de identificarnos y etiquetarnos a nosotros mismos, (y a los demás), de acuerdo a lo que tenemos o hemos logrado. Como si fuéramos un todo, donde lo humano y lo material, se fusionaran.

Nos identificamos tanto con nuestras circunstancias (y con lo que tenemos) que llegamos a colocarnos en el mismo plano. Yo soy válido si tengo trabajo, yo soy completo si tengo una pareja, yo soy triunfador si he conseguido la casa o el trabajo de mis sueños, yo soy respetado y admirado si he llegado al status y al reconocimiento que me he marcado, si el éxito me acompaña.

Es fácil, muy fácil, sentirse bien con uno mismo y poderoso, cuando las circunstancias son favorables en nuestra vida. Cuando tenemos todo lo que consideramos que nos hace feliz. Pero ahora bien, ¿qué ocurre cuando este escenario ideal no ocurre?

Cuando esa estampa ideal, que un día forjaste en tu imaginario como necesario para ti, se desploma sin avisar…Y sientes que los cimientos de tu vida se tambalean al unísono.

Como si de alguna manera, sintieras que has perdido tu propia identidad, tu propia valía, tu poder. Esto que cuento puede que no te resulte extraño. Todos, o casi todos, podemos decir abiertamente que hemos vivido, alguna vez, una circunstancia adversa y la hemos temido.

El momento de catarsis vital puede ser producido por un amplio elenco de manifestaciones: a través de un despido, de una ruptura, de un divorcio, de una pelea con alguna amistad, o incluso en la propia búsqueda de nuestro verdadero camino. Muchas son las representaciones que pueden suscitar dicho estado. El único denominador común en todas ellas, es que llega sin avisar.

Pero ¿cómo respondemos a dicho proceso?

Como ser humanos, estamos acostumbrados a evitar las situaciones en las que nos sentimos en peligro.

Por tanto, nuestra forma de enfrenarnos a un momento de adversidad, en muchas ocasiones, es marchar corriendo hacia otra parte, es decir, huir.

No es un acto voluntario, es nuestro modelo de supervivencia, el que hemos adoptado socialmente, para adaptarnos al entorno, para poder sobrevivir sin ser devorados.

¿Y por qué tememos a los momentos de crisis?

Tememos tanto a vivir este momento, porque hemos identificado este proceso (natural) como algo negativo y devastador para nosotros. Como de una situación oscura en nuestra vida, que deseemos a toda costa salir de ella. ¿Acaso está bien visto vivir este proceso? Intentamos siempre renegar de este estado, y sobre todo, negar a los demás que estamos viviendo en la adversidad.

Existen dos causas principales que convierten a este proceso en algo tan sombrío y temeroso para nosotros.

Causa 1. Lo que nos decimos y sentimos de nosotros mismos en un momento de adversidad.

Causa 2. El miedo a lo que el entorno puede decir o pensar de mí mismo.

Ambas causas se entrelazan, creando una simbiosis perfecta, entre el mundo interior y exterior.

Cuando pasamos por una fase adversa, debido a las circunstancias que sean, lo primero que hacemos (o solemos hacer) es machacarnos mentalmente. Así es. Para ello, recurrimos a dos personajes para representar nuestra escena (en la adversidad): el culpable y/o el victima. Cada uno elige aquel que mejor sabe interpretar.

Cuando interpretamos al personaje de culpable. Adoptamos la actitud de culpar al exterior y a nosotros mismos de todo lo que nos está ocurriendo. Y dicha actitud, viene dominada por las emociones de enfado, rabia, odio, rencor…Dependerá de la carga emocional que suscita en ti ese momento, lo que te hace manifestar una u otra emoción.

Si por el contrario, decides interpretar el papel de víctima, tu representación está más orientada a sentir lástima de ti mismo, y que los demás también sienta pena por ti. Por tanto, será la tristeza la emoción dominante en tu escena.

Llegados a este punto teatral, podemos decir que ambos personajes, culpable y víctima, tienen el mismo desenlace: La agonía. Así es, puedes interpretar el personaje A o B, pero lo único que conseguiremos es dar vueltas sin rumbo. No encontrar el verdadero sentido a este momento que vivimos.

Con este artículo me gustaría mostrarte que el mejor disfraz para representar tu papel se llama tú mismo. Sí lo sé. Puede parecer que caigo en el tópico de autoayuda y palabras vacías. Pero antes de que enjuicies, o decaiga tu interés, déjame mostrarte algo más…

Claves para sobrevivir a una situación adversas

Por algún motivo, que sepas o no, estás viviendo este momento por algo. Quizás porque el camino que estabas llevando no era el correcto; quizás porque la persona que te acompañaba en la vida no era la adecuada; quizás porque tu modelo mental de lo que creías que era bueno para ti, se ha venido abajo… Hay mucho quizás dentro de una circunstancias. Cada cuál debe reconocer el suyo propio.

Adoptar la actitud C: auto-observación

Por mucho que te empeñes en salir a flote con enfado, tristeza, o ira, sólo vas a conseguir que te enredes y navegues sin rumbo por tu adversidad. El mejor modo pasa por mantener una actitud de autoestima elevada a través de la observación. Y cuando hablo de observación, me refiero a verte a ti mismo como un observador de ti mismo. Es más sencillo de lo que parece. Es como ver una película de tu propia vida, siendo tú el personaje principal. El verte como has actuado en cada etapa que has vivido, qué comportamiento consideras que es necesario cambiar, pero sin juzgarte, sin culparte. Esto ya está muy manido. Es la actitud del control y la responsabilidad de uno mismo para con uno mismo

Sólo tú (y nadie más) puede decidir cómo sentirte

No hay nadie más contigo. Nadie va a salvarte. Es el momento que te des cuenta de eso, que abras los ojos de una vez, y te des cuenta que es tuya la responsabilidad de salir de esta situación. El que sigas culpando o victimizando, no te va a conducir a nada. Cuando nos damos cuenta de esto, de alguna manera, sentimos el verdadero papel que uno mismo ejerce en su vida.

Esto me recuerda a una célebre frase pronunciada por Nelson Mandela: “Yo soy el amo de mi destino, Yo soy el capitán de mi alma”. Es sus años encarcelado (injustamente) Mandela adoptó esta frase, inspirándose en el poema Invictus del poeta W. E. Henley. Esta frase representa realmente el poder de dominarnos en la adversidad.

Nelson sintió que, pese a que sus circunstancias no le eran favorables, (desde luego que no), él era el único dueño de lo que quería sentir. Ahí nadie más que uno mismo puede acceder. Del mismo modo actúo, Victor Frankl, un psiquiatra austriaco que sobrevivió a los campos de exterminio nazi. Victor, en su obra “El hombre en busca del sentido”, muestra cómo pudo vivir al campo de concentración en Auschwitz: No se permitió que la adversidad robara su dignidad. Esta fue la actitud que le salvaría la vida.

Estoy segura que ninguno de nosotros está pasando por una situación tan dantesca como la vivida por Nelson y Frankl. Por tanto, si esta actitud les permitió salvar su vida, ¿ por qué no pruebas a salvar la tuya?

Ayúdate como hiciste con los demás

Piénsalo de este modo. Imagina en todos los momentos que has ayudado a un amigo, a un ser querido cuando te ha necesitado. Todas las veces que has tendido una mano para dar apoyo, que has colocado tu hombro para apaciguar el llanto. Pues ahora piensa que ese alguien eres tú. Y tú tienes ya esa mano, ese hombro y esas palabras afectuosas que te mereces decirte a ti mismo. Porque si fuiste capaz de ayudar a otros, ¿ por qué no lo haces contigo mismo?

Cualquier tiempo pasado no fue mejor

Deja de mirar al pasado con añoranza por lo que pudo ser y no fue. Deja de creer que aquello existe, porque no es verdad. Sólo lo alimentas en tu imaginación, lo atraes al presente para machacarte, una y otra vez, porque lo que anhelabas, creías, soñabas…se ha desvanecido.

Acéptalo. Acepta esta situación como es, tal cual. Hoy vives tu presente, tu nueva realidad. Puede que no sea el mejor escenario para ti, pero ten por seguro que solo tú puedes elegir como lo quieres vivir (y sentir).

Como te dije, puede que eso que tanto anhelas, sencillamente, no era para ti. Y este dolor, lo único que está haciendo es desapegarte de ese algo, que creías que era tu felicidad. Dile adiós. Libera tu mochila del peso que no necesitas más. Deja espacio a lo nuevo.

La crisálida: El proceso de la transformación

Me gusta ver este proceso vital como el ciclo de vida de las mariposas. Así es. Las mariposas nacen convertidas en gusanos, donde pasan un tiempo de su vida aprendiendo, arrastrándose por el mundo con su traje más mundano. Es la fase en la que nosotros estamos en el mundo viviendo experiencias, teniendo relaciones, estableciendo vínculos personales y profesionales, desarrollando nuestras capacidades y habilidades.

Tras esta fase, las mariposas llegan a la siguiente, la llamada etapa de la crisálida, donde permanecen recluidas, concediéndose el tiempo necesario, para realizar su proceso de transformación, el que las convertirá en mariposas.

Sin embargo, esta es la fase que nos resulta más difícil de aceptar. Nos empeñamos en vivir en la acción y resultados, en lo mundano y establecido. Normal. Nadie nos ha ensañado a vivir de otra manera. La soledad se asocia al fracaso. Pero, es precisamente en esta fase de adversidad, de crisis, de soledad, donde se realiza la verdadera transformación.

Y la transformación sólo será posible cuando realicemos nuestra propia travesía del desierto. Ahí donde estando recluidos, adquirimos nuestro bien más preciado: el aprendizaje vital. Donde empiezas a despertar y darte cuenta de cómo era tu vida, de cómo te comportabas, de todo lo que has permitido y que no te ha sentado bien, de todo aquello que sencillamente, ha quedado caduco y que por tanto, ya no te sirve.

Creo que de alguna manera, este proceso merece ser vivido como lo que es, una gran oportunidad para que el cambio se instaure en tu vida. Puede que, si lo ves desde el punto de vista adecuado, puedas sentir que eres afortunado de que algo te hiciera caer.

No te puedo prometer que no vuelvan a aparecer más piedras en tu camino. La vida se compone precisamente de ellas. Gracias a estas piedras, obstáculos o adversidades, llámalo como quieras, vienen nuestros verdaderos aprendizajes. Los que nos hacen salir de nuevo al mundo transformados, convertidos en mariposas. Estos momentos que nos hacen comprender que, tras la caída, siempre podemos remontar el vuelo, hacia alguna parte. Como lo hacen las mariposas.