El 98% de la población, por no decir el 100%, ha sufrido en algún momento el largo proceso del duelo. Puede deberse a una ruptura amorosa, la muerte de un familiar o amigo o incluso de una mascota doméstica. Nada ni nadie puede decirte cuánto va a durar, cómo doloroso va a ser, ni cómo manejarlo. Es un proceso que cada persona afronta de forma distinta y lo resuelve de manera muy personal.

En este caso voy a hablar de mi experiencia personal y el repentino fallecimiento de mi padre. Han pasado ya tres años, y puedo afirmar que mi proceso sigue latente. Se ha ido transformando, como la oruga que se convierte al fin en mariposa, con subidas, bajadas, avances y retrocesos, pero cuando de vez en cuando me pongo la mano sobre el corazón, el dolor sigue allí y aún hay mucho por trabajar.

Recuerdo como si fuera ayer el momento en que mi hermana me abrazó fuerte y me susurró casi sin fuerzas: "Papá está muerto". Llevaba dos días viajando con las palabras atragantándole el cuello. Incluso mi cuerpo reaccionó con negación, se me taparon los oídos y la voz de mi hermana se hizo muy lejana, casi queriendo borrar lo que había dicho. Los siguientes días los recuerdo como si hubieran sido parte de un sueño, como un día con mucha neblina en el que no puedes distinguir las formas de los colores. Al tercer día me senté junto a un árbol, imaginé que el cuerpo de mi padre estaba allí esperando a que hablara con él. No pude más que gritarle, maldecirle, culparle de habernos abandonado y de no haberse cuidado más, hasta que rompí en llanto. De pronto pasó alguien a quién no puedo ponerle cara y logró calmarme.

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Me abrazó, me cogió de la mano y me acompañó hasta el hostal en el que se encontraba mi hermana.

Desde aquel día han pasado muchas cosas. Muchas reflexiones, mucha terapia y un camino de sanación y desapego. Al principio solía hablarle, incluso notaba su presencia cálida a mi lado. Ahora simplemente siento que está dentro de mi cuerpo. La tristeza, la rabia y la soledad forman parte del camino y muchos nos aferramos a algún tipo de religión para encontrar una posible explicación.

En mi caso me aferre al budismo y a la mítica frase del Buda: "El mundo está lleno de sufrimientos; la raíz del sufrimiento es el apego; la supresión del sufrimiento es la eliminación del apego". El apego no sólo se debe a cuerpos físicos, sino al mundo material. Puedes llorar porque se te rompió el coche, así como puedes llorar por no ver a alguien que amas. Por esto mismo creo que es importante trabajar el desapego en todas sus vertientes. Cuando te enfrentas a la muerte irremediablemente te enfrentas a la vida, y cuando te enfrentas a la vida, allí esta también la muerte.

Y gran parte de este inmenso trabajo de curación incluye a su vez la aceptación. La vida fluye como un río, hay cosas que no podemos controlar, piedras que nos harán tropezar, pero son esas mismas piedras las que nos harán crecer como personas. La vida es un aprendizaje, el dolor es un aprendizaje y el desapego tal vez es uno de los aprendizajes más difíciles que un ser humano pueda experimentar. Cuanto más grande sea la piedra, más resistente te harás como persona. Cuanto mayor sea el desapego, menor el sufrimiento. Con esto no me refiero a ser robots. Los humanos sentimos, pensamos, lloramos, reímos y experimentamos. Pero la vida es una experiencia. Vamos a morir,  eso todos lo sabemos. ¿Iremos a un más allá?¿Existe el infierno?¿El cielo?¿La reencarnación?¿Importa siquiera? Vamos a morir, y a la hora de tu muerte nadie irá contigo, no habrá dinero que hayas ganado que puedas llevarte al más allá o simplemente a la nada. No hay flor, por mas bella que sea, que puedas transportar contigo.

Por esto mismo, la muerte, el duelo, la ruptura que conlleva un dolor que a veces es prácticamente inaguantable, es a su vez bonito. Porque es parte de nuestro aprendizaje, es parte de ser humano y es parte de crecer como persona. #Enfermedades #Accidentes #Blasting News España