¿Qué es Cine de autor? Probablemente aquel que revindica una mirada fílmica personal y completamente alejada de los vicios de la industria, sobre todo los perfeccionismos industriales, las temáticas recurrentes, la narrativas predeterminadas, las publicidades vacuas... pero sobre todo es una forma de hacer Cine. Albert Serra nos facilita siempre esa mirada, desde sus primeros pasos, Honor de cavalleria (2006) y El cant do ocells (2008) u otro canto de cisne memorable, con una de las mejores defecaciones que se han visto en la pantalla con Historia de la meva mort (2013). Un Casanova y Drácula desmitificados, dos vampiros en su cotidiano, como todo este mundo de andar por casa que Albert Serra nos dibuja con verdadera devoción por el Cine con letras mayúsculas.

Figuras míticas son descubiertas en sus entornos mundanos; son seres en medio del transcurrir de las horas, como nosotros, donde las frases jamás existieron y donde la imagen se descubre en los silencios, en las miradas... Es la cámara, la luz, el tiempo, sobre todo el tiempo y su dominio, lo que nos atrapa, y el espacio donde lo que no se ve es la construcción del propio relato, que se completa en la mente del espectador. La lentitud dota de fuerza las imágenes, de una extraña belleza de la inacción. La mort de Luis XIV nos desvela esa manera de rodar que ya nos había mostrado Albert Serra en sus anteriores trabajos. El monarca se encuentra mal. Tras 72 años en el trono, el rey Sol tiene que retirarse a su habitación y descansar, es la gangrena lo que le está matando y no se puede tener ya en pié.

El séquito de la corte le acompaña a su retiro, donde reposará en una lento despedirse. He aquí el film, que bella película. Jean Pierre Léud, el niño de Truffaut, hace suyo el momento y el personaje –adoró desde el principio el proyecto. Trabajar con tres cámaras posibilita no estar atento a ninguna, y estar más centrado en uno mismo, en un ser que parece vivir sin registro, sin nadie quien le mire.

No se pone atención a nada, no somos actores, somos los seres que acompañaron las últimas luces de Luis XIV, otro ser–que nos dijeron que fue importante... que vivió entre lujos, pero que muere como uno más- en esa estancia que aparece y desaparece según el crepitar de la vela. En el paso de los minutos, en el transcurso del film, contemplamos el final de una época, el cuadro opulento del absolutismo, también el final de los lazos de interés de los sirvientes con el monarca...

incluso el final de la luz cinematográfica y del tiempo, también cinematográfico. A rey muerto rey puesto. Albert Serra no hace un relato histórico, ni una ficción de un momento único en la Historia, no le interesa. Albert Serra hace absolutismo cinematográfico, absolutismo de autor.

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