Estamos indudablemente ante los más disputados de todos los restos de un personaje histórico. La adoración por el líder macedonio que convirtió a Grecia en el gran imperio helénico y su complicada sucesión no dejaron descansar su cuerpo ni si quiera después de muerto.

Alejandro Magno falleció prematuramente a los 33 años por causas que nunca fueron plenamente aclaradas y para las que circularon todo tipo de teorías desde el mismo momento de su muerte. Se habló del envenenamiento, de maldición divina o de una irremediable enfermedad, posiblemente fiebres tifoideas, que es a día de hoy la causa más comúnmente aceptada.

 Su última voluntad fue la de ser enterrado en el oasis de Siwa, en Egipto, al que había acudido en peregrinación años antes, en el momento que conquistó la tierra de los faraones.

Parece que esta idea tenía sus raíces en el proyecto de Alejandro de que en la posteridad se lo tratase como hijo de Amón, remarcando su estatus de divinidad y marcando distancias respecto a si dinastía original, los aégidas de Macedonia, y sobre su propio padre, el rey Filipo.

Sin embargo, este proyecto chocó con las discusiones entre los generales que a su muerte se repartieron que el territorio que él había conquistado. Al haber fallecido sin un heredero incontestable (sólo tenía un hijo menor de edad de la princesa Roxana, con la que había celebrado un matrimonio político), sus comandantes eran los personajes claves del momento. Cada uno quería llevar el cuerpo del emperador a su territorio de influencia.

Inicialmente se acordó que el general Perdicas lo trasladaría a Macedonia, pero cuando la comitiva que lo llevaba se encontraba en Siria, otros de los generales rivales, Ptolomeo, que se había quedado con el gobierno de Egipto, atacó a la expedición y se llevó el cuerpo para enterarlo en Menfis, la ciudad que por aquel entonces era el centro del gobierno helenístico.

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Unos sesenta años más tarde y por consejo de un oráculo, los sucesores de Ptolomeo decidieron trasladar la tumba a Alejandría. Allí permaneció durante varios siglos y se sabe que fue visitada, en la época de Roma, por grandes personajes como Julio César y Octavio Augusto. Algunos de ellos no se limitaron a verla, sino que fueron llevando objetos de su interior. El primero habría sido Calígula, que se quedó con el peto de la armadura, y más adelante Caracalla se llevó su túnica, su anillo y su cinturón.

 En la Edad Media, Alejandría conoció la decadencia, y también la propia tumba. En el siglo XVI ya sólo quedaba una capilla que era objeto de veneración. En la centuria siguiente hay alguna referencia de viajeros a los que se les muestra un sepulcro y se les dice que se trata del de Alejandro, pero la localización exacta ya no siquiera se menciona. Luego el olvido.

En los dos últimos siglos ha habido diversos intentos de localizar la tumba en el subsuelo de Alejandría, que todavía oculta multitud de secretos, pero sin resultado.

La última sorpresa saltó, sin embargo, muy lejos de allí en Anfípolis, al norte de Grecia , donde en 2014 se localizó una importante tumba principesca. Al tratarse de la zona de influencia histórica de Macedonia se sugirió que podría pertenecer a Alejandro, si, finalmente, alguien hubiese conseguido trasladarla al lugar donde Perdicas llevaba el cuerpo del emperador en su último viaje truncado.

Hoy todavía no sabemos quién es el ocupante del ataúd de Anfípolis : cosas de la crisis económica griega que, paradójicamente, afecta también a este enigma histórico. #Historia antigua