El pasado jueves 20 de noviembre, España y el mundo se despertaron con la misma lamentable noticia, aunque no por ello difundida, de todos los días: el fallecimiento de millones de seres humanos en diferentes lugares del planeta y por causas muy diversas. Pero, por lo visto, solo uno de ellos mereció ocupar portadas y titulares, monopolizar los informativos y programas de cotilleo y, casi, casi, dos días de luto nacional con el pertinente desfile antes sus restos mortales en su correspondiente capilla ardiente, de gran parte de la aristocracia de este país, el mundo empresarial, financiero y político.

Famosos de todos los gremios y categorías y, por supuestísimo, ciudadanos anónimos que, digo yo, no todos conocían a la fenecida y, ni siquiera, la habían visto en persona jamás. Pero claro, ya que estamos aburridos en casa, mejor vivirlo en directo que verlo por la televisión, sobre todo, porque pasados unos años, cuando tan luctuoso acontecimiento sea recordado en las hemerotecas televisivas, podremos decir eso de: ¡Eh! Que yo estuve ahí…

¡Qué pena!

Sí. Una auténtica pena, teniendo en cuenta quién era la fallecida. ¡Ah, claro! Se me olvidaba. Es que, por lo visto, la perecida ostentaba el honor de poseer más títulos nobiliarios que nadie, incluso, que la mismísima reina de Inglaterra. Y algo así, por lo visto, es suficiente para obviar cualquier otro suceso acontecido, aunque en este aspecto la Pantoja le robó algo de protagonismo, y de loar y proclamar con un servilismo que roza el vómito todas sus bondades.

Y es que en este país se practica un deporte bastante singular: hablar muy mal de los vivos, pero ojo, a los muertos ni tocarlos, que merecen un respeto al igual que sus familias. Hombre, visto así, pues algo de razón hay, sobre lo de las familias, digo, pues qué culpa tienen alguna de ellas de que sus difuntos hubiesen sido en vida unos hijos de mala madre. Y eso, afortunadamente, no se hereda.

Lo que sí se hereda es la desvergüenza y la desfachatez de seguir aprovechándose de muchos privilegios con sus consecuentes beneficios y de ninguna o cero obligaciones. De ahí, lo de ¡Qué pena!

Los miembros de la Casa de Alba no son una familia corriente de nuestro país, ahogada en deudas, golpeada por el paro, ultrajada por los desahucios o, en el mejor de los casos, con un empleo precario y un futuro poco esperanzador… En absoluto.

Forman parte de una élite privilegiada que desconoce por completo lo que es vivir, mejor dicho, subsistir con escasos ingresos o directamente sin ellos, y que son dueños de una fortuna difícil de cuantificar, debido a que la mayor parte son inmuebles, entre ellos 10 palacios, 19 castillos, varias casas de verano, a lo que hay que añadir locales, viviendas, empresas, tierras, joyas, títulos y obras de arte… Y que al estar considerado este inmenso legado como parte del Patrimonio Nacional, además, está exento de pagar impuestos.

Por eso mi reiteración en lo de: ¡Qué pena! Sí. Qué pena tan grande, como diría mi madre, que ni esos mismos aristócratas, empresarios, banqueros, políticos, famosos y ciudadanos no se movilicen con esa premura ni dibujen esa larga cola frente al domicilio, por poner un ejemplo, pues los hay a millares, de esa anciana de 85 años que hoy en Madrid ha sido desahuciada de su casa por avalar un crédito de su hijo. Es más cómodo unirse al séquito de quiénes alaban solo las bondades de una mujer completamente alejada de la realidad que se vive en este país y que, como todo hijo de vecino, en su vida, también han habido tantas luces como sombras. Pero claro, esto es España, y aquí, ya se sabe, de los muertos siempre hay que hablar bien.

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