El corazón de un bebé late 120 veces por minuto dentro de la madre; pero esto solo ha sido el resultado de un complejo proceso de fecundación, visto en la mayoría de las ocasiones como una de las situaciones de mayor cotidianidad y como consecuencia de uno de los actos que se ejecutan con mayor facilidad.

Lo cierto es que nada es tan sencillo como parece, pues cada día ocurren en el mundo más de 100 millones de relaciones sexuales, de ellas se obtienen un promedio de 910 mil concepciones y luego de nueve meses nacen 400 mil bebés.

Participan en el recorrido un óvulo y, cien veces más pequeño, un espermatozoide.

No hay manera más fácil de errar que la de creer que es "simple" la fecundación.

Una eyaculación puede tener 300 millones de espermatozoides. Si lo analizamos solo en teoría, con estos se podría embarazar a todas las mujeres fértiles de un continente. Pero… como sabemos se necesita esta cantidad para contar con alguna probabilidad.

Solo hay unos 300 días en el año en los que la mujer logra la coincidencia de una cadena de sucesos no relacionados cuya finalidad es el embarazo. Este siclo comienza desde la pubertad cuando el cerebro comienza a ordenar a la hipófisis la liberación de los óvulos.

En el ovario, en ese momento, se podría observar con técnicas muy avanzadas, una herida roja de aproximadamente 2 mm de largo.

La trompa de Falopio cumple con sus funciones frotando su extremo contra esta herida en sincronía con el pulso de la mujer, hasta que de un pequeñísimo agujero salen las células nutrientes (pueden llegar a ser hasta 5 millones) y el huevo.

El óvulo se transporta a través de los pliegues de las trompas y tiene apenas 24 horas para ser fecundado.

La probabilidad puede incrementar con la frecuente práctica sexual, pues con ellas cada parte del cuerpo se activa y se crean las condiciones necesarias para lograrlo.La ovulación puede ocurrir hasta 400 veces en la vida de una mujer.

Los espermatozoides recorren, por su parte, una distancia de casi un 1 m: desde los laberintos del testículo hasta el extremo del pene erecto.

El líquido blanco no es más que la mezcla de nutrientes que necesitará el espermatozoide en su camino. Las contracciones musculares en el orgasmo permiten el impulso de ellos hasta la mujer desde el conducto.

La llegada a la vagina no resuelve el dilema, pues en ella se encontrarán con paredes revestidas de ácido. Esta es la vía utilizada por el organismo para proteger el cuerpo femenino de infecciones bacterianas. De ahí que con solo entrar, miles de espermatozoides perecen sin resultado alguno.

De la misma manera como sucede en el hombre, las contracciones de la mujer ayudan a llevar el semen al útero o que el cérvix se sumerja en el líquido pastoso. Finalmente solo unos miles pasan a las trompas logrando vencer las dificultades; pero poco a poco van muriendo.

La señal química que envía el óvulo y que atrae al espermatozoide es persistente. Como por obra milagrosa se unen la información de ambos progenitores y un poco más tarde se deja escuchar los latidos de un corazón que en nueve meses traerá al mundo un bebé.

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