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Cuando me dejé caer por Manhattan, gracias a una beca del Ministerio de Educación, lo hice en mitad de un verano caluroso. La humedad se palpaba en el ambiente, a pesar de que costaba recordar que me encontraba en una isla y que los rascacielos no dejasen ver el Hudson. Supongo que son esos mismos edificios los que hacen que el calor se concentre en el asfalto, haciendo de la ciudad un gran horno.

Lo que más me impactó no fue ver a la gente correr de un lugar para otro por las mañanas con café en mano, deportivas y traje de oficina. Lo que más me chocó fue saber que incluso en esa gran urbe, las personas seguían siendo personas.

En el momento que abríamos un mapa se acercaba toda la gente que había cerca intentando ayudarnos incluso cuando no estábamos perdidos.

Pensaba que la amabilidad de la gente no era más que un mito, algo que sucedía cada cien años el día de solsticio, pero no. Nueva York con todos sus barrios es la ciudad donde vivir si quieres soñar, si deseas vivir mil vidas en una.

Que desde el primer momento te sientas como en casa no es casualidad: allá por donde vayas encuentras escenarios de las películas o series más emblemáticos que te hacen creer que siempre has vivido ahí.

El Soho y sus tiendas peculiares para pasar las tardes.

Tumbarte en el césped de Brooklyn mirado el río y el pequeño caos de Manhattan.

Pasear bajo las luces de Times Square y olvidar por un momento si es de día o de noche.

Pero, quizás, lo que más me gustó de Nueva York fue que nunca tienes cómo aburrirte.

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La oferta cultural es infinita. Casi todos los museos son gratuitos y siendo estudiante puedes sacarte una entrada para asistir a un musical de Broadway por tan solo veinte dólares o acudir como oyente a una misa Gospel en Harlem.

Nueva York es una ciudad cara, demasiado cara para el bolsillo medio español. Pero vivir allí es un sueño priceless y es que quien visita esta ciudad se siente como en casa.

Una tarde cualquiera me encontré paseando por la calle con un café en mano, reconociendo avenidas, establecimientos y completamente familiarizada con los sonidos estridentes que nunca cesan y fue entonces cuando supe que mi lugar estaba allí, que era feliz al doscientos por cien y que jamás en la vida había sentido una sensación igual.

Quedarme maravillada a cada paso, sentir dolor en las mejillas por sonreír tanto e incluso aceptar las ratas grandes como pastores alemanes del metro me hicieron prometerme algo: no sé cuando ni cómo, pero volveré.

Volveré para quedarme, volveré al hogar que dejé atrás y volveré para perderme en sus museos, entre su gente agradable y de sonrisa permanente.

Estate tranquila, Nueva York: algún día nos volveremos a encontrar. #Opinión #Viajes #NuevaYork