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Desde la ventanilla del avión que hace el trayecto Estambul-Teherán, paseo la mirada por las yermas montañas del Kurdistán para combatir la impaciencia por conocer un país aparentemente hermético como Irán. Antes de tomar tierra, las pasajeras se cubren el pelo, con chador unas, hiyab otras. Trago saliva.

Lo primero que llama la atención es el nombre del aeropuerto por el que se entra al país: Iman Jomeini. Para un occidental, el nombre del líder espiritual de la Revolución Islámica destila fanatismo, miedo, odio... La experiencia demuestra lo contrario nada más interactuar con los primeros #iraníes: agente de cambio, policía, taxista...

todos rebosan simpatía desinteresada y frescura en un aceptable inglés.

Como viajero, uno trata de huir de tópicos, pero el más evidente forma parte del paisaje social. No tiene que ser cómodo cumplir el dress code femenino en Irán. Canícula en las calles de Teherán, seguramente la habitual en un mes de julio, y las mujeres más mayores forradas en sus pesados ropajes oscuros, como una losa textil que les recuerda su condición sumisa, su inferioridad con el hombre, que pasea en camisa, chanclas y pantalones de lino, largos, eso sí. Estas mujeres lóbregas susurran entre sí, andan deprisa, en grupos, como sombras que pululan por el caótico tráfico teheraní. En el libro de viajes Negro sobre negro, su autora, Ana M. Briongos, explica su triple razón para el título. Negra suele ser el chador que uniformiza a las mujeres persas, negro el motor de su economía -el petróleo- y negro el lujoso caviar que exportan al mundo.

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Briongos dice, sin embargo, que Irán es un país de colores que hay que saber encontrar. Y tiene razón. Primero en el carácter de sus gentes, en fuerte contrapunto con los clérigos que les gobiernan, maestros del ridículo en su afán inquisidor como en el grotesco caso de la prohibición de Pokemon Go. También se halla en las mujeres, sí, las iraníes. El cascabel de risas de un grupo de chicas pone banda sonora al contraste generacional que se manifiesta con todo su colorido en la vestimenta. Ellas, las jóvenes, se cubren con pañuelos estampados de colores que permiten ver su largo y teñido cabello derramándose generosamente por la frente, iluminan su rostro con maquillaje que resalta aún más su belleza, visten ajustados jeans o pantalones de tonos igualmente vivos, son espontáneas, alegres y vivarachas. Ellas, sí ellas, conducen coches, llevan negocios, estudian en la Universidad, manejan móviles -seguramente capados-, hablan sin problemas y directamente con hombres como yo... Obviamente no pierdo de vista que son cautivas de una autocracia clerical que limita su libertad como mujeres y como personas libres.

Sí, pero, ya les gustaría a las mujeres de los países árabes del Golfo paladear siquiera el día a día de estas chicas.

Por cierto, respecto a esa palabra, árabe, debe uno guardarse de cometer el error de etiquetar a los iraníes así. Somos persas, nunca árabes, suelen decir con ciertas ínfulas de superioridad. Otra diferencia indispensable que debe conocer el viajero es la condición chiíta del país, lo que le sitúa justo en la trinchera enfrentada a los terroristas sunitas del Daesh. Y por enemigos que no sea: las calles de Teherán son escaparate del estigma: están trufadas de propaganda contra su antagonista secular, Israel y su primo de Zumosol, EEUU. Precisamente espoleado por la reciente visión de la gran película Argo, se me ocurrió acercarme a la antigua embajada yanki para retratar su tapia ampliamente decorada con alegorías antiamericanas y... me pasé de listo. Del edificio salió un celoso militar dirigiéndose en farsi hacia mí de una manera nada amistosa. Cuando me senté en un despacho de la antigua embajada de EEUU en Teherán con tres personas preguntándome -en inglés, ahora sí- qué hacía sacando fotos a un edificio sensible, pensé que había cometido un grave error. Continuará... #ISIS #Pokémon Go